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viernes, 5 de diciembre de 2014

Amor en Baires: Primeros 7 capítulos completos








  Hoy en Amor en Baires no ofrecemos nada nuevo. Abajo indicamos -para quienes aún no leyeron todo el material subido- los links donde está completo cada uno de los 7 primeros capítulos, además del Plan de obra. Allí encontrarán información general sobre la historia de amor de Marga y Leda.
  Con estas entregas diarias, al modo de un folletín, llegamos a la mitad de la obra.

Plan de la obra: 
http://amorenbaires.blogspot.com.ar/2014/10/amor-en-baires-una-novela-de-hector.html

Capítulo 1 – Entrada al jardín:
http://amorenbaires.blogspot.com.ar/2014/10/entrada-al-jardin-capitulo-completo.html

Capítulo 2 – El castillo de los bichos:
http://amorenbaires.blogspot.com.ar/2014/11/el-castillo-de-los-bichos-completo_6.html

Capítulo 3 – La diferencia:
http://amorenbaires.blogspot.com.ar/2014/11/la-diferencia-completo.html

Capítulo 4 – Nosotras:
http://amorenbaires.blogspot.com.ar/2014/11/nosotras-capitulo-completo.html

Capítulo 5 – Vacaciones en Reta:
http://amorenbaires.blogspot.com.ar/2014/11/vacaciones-en-reta-capitulo-completo.html

Capítulo 6 – El destino: 
http://amorenbaires.blogspot.com.ar/2014/12/el-destino-capitulo-completo.html

Capítulo 7 – El enfermo imaginario: 
http://amorenbaires.blogspot.com.ar/2014/12/el-enfermo-imaginario-capitulo-completo.html

  Recuerden que el blog ofrece la opción de suscripción gratuita para recibir diariamente cada actualización en el e-mail privado.

  Agradecemos la divulgación de nuestra propuesta y los comentarios de los lectores. Y aprovechamos para señalar, una vez más, que la política editorial del mercado argentino ha marginado de los sellos pretendidamente literarios esta obra, por eso éste es un intento humilde pero eficaz de que Amor en Baires llegue a sus lectores.

  Muchas gracias por atender a estas cuestiones. La historia de amor de Marga y Leda, como novela, también se les agradece.




lunes, 1 de diciembre de 2014

El destino Capítulo Completo



El destino





1



Algo sonó fuera de la casa. Debe haber sido la bocina de una ambulancia, de ésas que en la noche recorren solitarias la ciudad. Sin aviso, se introdujo en nuestro cuarto.
Me desperté como si ya fuera de día, sin rastros del sueño. Descansaba a mi lado. La contemplé alejada de todo lo que nos afectaba en la vigilia. Me vino a la mente la idea, la fantasía, de que volviéramos a ser jóvenes, de que en un instante este paisaje de la vida le hiciera lugar a ese presente que fue; que regresaran los rostros, las sonrisas, las palabras; que regresaran los seres, que ya no eran o habían dejado de estar a nuestro lado.
Amar la vida es lo único que me vino a la mente en esa madrugada, despierta a deshora, junto a la mujer que amaba. Pensé, con un dramatismo al que no estaba habituada, que mientras que en el mundo abunda el dolor, dejamos pasar oportunidad tras oportunidad, como si siempre hubiera tiempo para aquello que no sabemos realmente qué es. Intercambiamos las máscaras de jueces y verdugos con otros pasajeros de esta historia, e insistimos con errores que se reiteran en nuestra juventud, adultez y ancianidad. Los marginados nos despiertan temor, y no alcanzamos a comprender que esa extrañeza la compartimos todos, sin diferencia, más allá de que en algún instante nuestra estrella esté en lo alto. Lo único que brilla siempre es el sol, y nosotros somos inconclusos planetas que giran alrededor de esa estrella. Nuestra rotación, morosamente, descansa del lado oscuro, donde la vegetación es fría y no crece, donde el agua se transforma en hielo y no corre, donde las formas animales toman el rostro de las rocas y se deshacen en arena.

Creo que tengo cosas por decir, aunque no conozca la verdadera noción acerca de qué es lo que sospecho y necesito trasmitir, lo que está en mi boca y apenas me permite respirar.






2



Se me hace que somos muchos quienes vivimos esta existencia como si luego existiera otra oportunidad, como si al cabo de los años la suerte nos brindara otro ida y vuelta. No en una vida extraña, alejada de los seres, de los sitios e incluso de las situaciones que de alguna manera hemos transitado. Sino aquí mismo, en un sentido fuerte del aquí mismo. Por la magia de esta época, estamos habituados a que la función siempre empieza de nuevo, el game over no nos asusta. Sin duda que esto es locura, pero esa sensación que nos recorre, más allá de que no lo confesemos y de que, en la mayoría de los casos, sea inconsciente, considero que obra de escudo o de distracción con respecto a la verdad.
No voy a declarar nada acerca de esa verdad. La verdad la sabemos, está dentro; quien más, quien menos, la vislumbra, la lleva esparcida en su ser. Hay una vivencia de ella, por más enajenado que estemos y que la alienación haya perturbado nuestra relación con ella. No hay instante en que no estemos despidiéndonos. Cada célula, cada órgano, cada pelo, cada miembro, es testigo de este rito continuo que nuestros progenitores y ancestros han iniciado.

Hay una edad en que esa conciencia trágica parece atenuarse. Confiamos en que va desapareciendo, que se esfumará y terminará extinguiéndose y que nos dejará tranquilos de ahí en adelante, pero un día retorna, se instala cómodamente en nosotros y no da señales de abandonarnos nuevamente. Cada mañana, ni bien despertamos, está ahí.
Hay temporadas que, desde el amanecer, en lo primero que pensamos es en el tiempo que nos queda. Y sabemos que ese tiempo también será devorado, sin que tengamos dominio ni capacidad para evitarlo. Las horas seguirán con ese tintineo en la cabeza. No se acallará a lo largo de la jornada, estará ahí, hagamos lo que hagamos, sujeto a nosotros como un animal silencioso, que detrás de su gentileza es el cazador más eficiente de la manada. Lo sorprendente es esa distracción de la que les hablaba, cómo logra, con su naturalidad y simpleza, hacerse un lugar en nosotros y, gracias a los efectos del sopor que causa, nos permite seguir hacia adelante y hace que nuestra tierra no sea ganada sólo por la verdad. Elude que se instale una voz que enmudezca al resto y nos diga que no hay sentido en ningún acto. Si esto no ocurriera, caeríamos exhaustos sobre el primer sillón que esté frente a nosotros y no nos moveríamos hasta que nos alcanzara la noche. Pero esa voz no aparece. Esa voz no es tan elevada. Entonces seguimos. Seguimos día a día. Somos criaturas embriagadas, destellos apagados.







3



Tengo sueños raros. Y lo extraño es que por la mañana, al despertarme siento que una energía distinta me recorre el cuerpo y me guía en lo que hago. En esos sueños aparece gente conocida; han  llegado a estar mis padres, algunas amigas, también Marga. Los lugares siempre son aquellos en los que viví antes de conocerla, pero misteriosamente me resultan apropiados para nosotras. Son en el pasado. Las acciones son en el pasado o en un presente distinto. En esas historias, que parecen episodios, las piezas se engarzan alrededor de algo que trasciende y otorga sentido al abanico de expectativas, presiones y desencuentros que a veces nos envuelve. Mis sueños sobrepasan ese cerco.







4



Nunca me explicó cómo fue ni cuándo se le ocurrió.
Debe de haber amanecido poco antes de que ella despertara. La ventana estaba abierta y en la habitación entraba plena la luz del día. Me sobrecogí cuando sentí sus caricias. No sé el tiempo que llevaría así. Intenté mover un brazo, luego el otro, y no pude. Mis piernas estaban abiertas, sujetas a la cama por los tobillos; una correa hacía lo mismo con las muñecas.
La noche anterior había querido amarla, pero me contuvo diciéndome que debía levantarse temprano. No me agradó su negativa, y me fui a dar vueltas entre la cocina y el comedor, mientras leía y bebía algo; cuando regresé, la hallé dormida.

Percibió mis movimientos y supo que me había despertado, me miró a los ojos y sonrió. Estaba de rodillas sobre la cama. Apenas se alzó, vi que llevaba puesto un arnés del que sobresalía un consolador que yo jamás había visto. Seguramente lo había adquirido en secreto para esta ocasión, como a ese antifaz negro que le tapaba parte de la cara y que ahora, cuando pienso en él, me produce risa más que excitación. Abajo estaba desnuda. Movió una pierna y se tocó, apenas; arriba la cubría una transparencia negra, sin mangas, que hábilmente había cortado a la altura de los pezones, que se asomaban por ambos lados.
Llevó un dedo a sus labios y me hizo un gesto de silencio. Luego pasó sus manos por debajo de mis nalgas, separó aún más mis piernas, y comenzó a jugar con su lengua y sus dedos; por largos minutos permaneció así, percibiendo cómo mi cuerpo se arqueaba, sin otra voluntad que la que le infundía ella. Llevó una mano sobre mi vientre. Lo oprimió y liberó más de una vez. Ese juego lo acompañaba con otras presiones que realizaba rítmicamente sobre mi clítoris. Luego llevó una mano hasta mis pechos y jugó con ellos. Me oí gemir y sé que me oía. La conozco. Entonces me dio un beso profundo, levantó el rostro y vino a buscar mi boca y mi lengua. Yo estaba desesperada. Me agitaba sin poder tocarla, movía los dedos en el vacío, como si tuviera su piel a mi alcance. Sentí que aflojaba la correa de uno de mis tobillos, y vi cómo se preparaba para penetrarme, mientras me confesaba cosas al oído que nunca había mencionado. Cerré los ojos y, junto a los espasmos, besé su lengua cada vez que pude, cuando su boca se aproximaba a la mía. Apretaba mi cabeza con violencia, introducía sus manos entre mis cabellos y rozaba, como una caricia, su rostro contra el mío.
Cuando se cansó de ese juego, se liberó del arnés, lo dejó caer a un lado, y se sentó sobre mis pechos hasta que tuve su sexo en mi boca y, con las manos apretando los barrotes, se dedicó a gozar.







5



Tengo la imagen de una casa cercada por el agua. No es una isla. Es distinto. La casa se ha reducido a pocas habitaciones, las mínimas, y desde los ventanales se ve el agua, de un color por momentos lechoso, otros como si fuera arena líquida, una sustancia extraña, que muda a un verde desagradable y avanza dominante sobre la construcción. Se inmiscuye donde quiere, donde se le antoja. No podemos detenerla. Invade nuestra estancia en silencio, sin ningún acto que nos lleve al escándalo o invite a escenas de dramatismo. Pero sabemos que con ella viene algo que no conocemos, que es ajeno aunque nazca como un hijo díscolo de nosotras mismas.
Esta escena no llega en sueños, sino cuando estoy recostada sobre la cama, sin moverme, con los ojos cerrados, durante un tiempo, percibiendo los ínfimos sonidos que vienen desde afuera, las maderas de la casa que se acomodan, una ráfaga de aire que mueve hojas y ramas en el jardín. Esa escena se va armando en mi mente, y me veo junto a Marga. Inmóviles, no sabemos qué debemos hacer para detener ese curso seguro de un elemento extraño que conquista nuestro hogar. Y cuando el líquido lechoso alcanza nuestros pies, avanza por nuestras piernas y nuestras manos, tendidas con los brazos hacia la tierra. Ahí se humedecen y sienten que las roza una temperatura y una superficie, que es más de lo que se ve, entonces abro los ojos con violencia y me incorporo en la cama. Soy consciente que eso ha sucedido sólo en mi imaginación, pero ha ocurrido con independencia de mi voluntad.






6



Después de la sorpresa de ese despertar, por varias semanas vivimos cierto frenesí sexual que cada día era mayor. Visto desde afuera, daba la impresión de que no podíamos estar juntas sin besarnos, ni acariciarnos, sin desear que nuestros cuerpos se entregaran al placer con una intensidad renovada.

Una de esas noches fuimos a un cumpleaños. Nos costó disimular ese fuego desde las primeras horas. Habíamos bebido algo de más. Marga se subió a mis piernas y empezó a besarme. Percibí que a nuestro alrededor se extrañaban de nuestro comportamiento, pero no era capaz de separarla de mí, menos de insinuarle algo que la  afectara. Sus manos intentaron abrirse dentro de mi blusa, cuando sentí un chirlo en mis piernas que me disuadió a seguir. Tomé su mano, la besé y le pedí que me alcanzara el vaso. Reaccioné gracias a ese gesto de una amiga y comencé a dialogar con los otros invitados. Por suerte fui capaz de enfriar el momento, sino hubiéramos terminado, tempranamente, enredadas entre las sábanas del dormitorio de Laura, bajo la mirada cómplice de algunas y la sorpresa del resto.
Cuando al final de la velada retornamos a Villa del Parque, entramos a nuestra habitación contentas de estar juntas. Llevábamos copas en las manos y una botella. Entre caricias, nos desnudamos una a la otra. Ahí fue que toque algo raro, algo que en ese estado no me permití apreciar, más allá de saber que estaba palpando una diferencia en un cuerpo para mí perfecto y que ahora, por razones que desconocía, se veía invadido por una forma ajena.




lunes, 10 de noviembre de 2014

Primeros tres capítulos completos







Hoy en "Amor en Baires" no subimos nada nuevo, para dar tiempo a los que no leyeron aún todo el material de la novela subido hasta aquí a que se pongan al día, si les interesa la propuesta.

Por eso, insistimos con la información de los links donde está completo cada capítulo de los 3 divulgados, más el del Plan de obra, para que tengan información general sobre la historia de amor de Leda y Marga.

Plan de la obra: 
http://amorenbaires.blogspot.com.ar/2014/10/amor-en-baires-una-novela-de-hector.html

Capítulo 1 – Entrada al jardín:
http://amorenbaires.blogspot.com.ar/2014/10/entrada-al-jardin-capitulo-completo.html

Capítulo 2 – El castillo de los bichos:
http://amorenbaires.blogspot.com.ar/2014/11/el-castillo-de-los-bichos-completo_6.html

Capítulo 3 – La diferencia:
http://amorenbaires.blogspot.com.ar/2014/11/la-diferencia-completo.html




viernes, 7 de noviembre de 2014

La diferencia 5








5


Su relación conmigo le dio a Marga la seguridad en la elección sexual de la que, hasta mi aparición, carecía. Eso hizo predecible, de alguna manera, que en los primeros meses, cuando ya vivíamos juntas y el núcleo de sus relaciones sabía de lo nuestro, ella iniciara algún tipo de militancia a favor de los derechos de los homosexuales.
Comenzó a ir a marchas y a reuniones que se realizaban en el local de una asamblea barrial. Allí concurría un nutrido grupo de lesbianas que tenía experiencia en el activismo, y que no se quedaban atrás en sus propuestas y en las acciones que tomaban. Por un tiempo, eso la atrajo. Regresaba por la noche, tarde, luego de una asistencia casi perfecta y sistemática, con la que de alguna forma intentaba expresar su compromiso hacia otras personas y hacia ella misma. Llegaba a nuestra casa con las ideas revueltas y se mantenía así, hablando, agitando las manos y los brazos, arengando a un público imaginario, hasta entrada la madrugada. Yo la seguía hasta donde podía, luego intentaba calmarla. Era hora de dormir. En breve comenzaría una nueva jornada, con otro tipo de obligaciones.

Al margen de mis convicciones sobre la libertad y la sexualidad de cada ser humano, sólo había participado en una oportunidad de la celebración del día del orgullo gay. Fue en la segunda o la tercera realización que se hizo en Buenos Aires, y no regresé nada convencida de que ese tipo de manifestaciones sirviera, realmente, para algo más que para excitarse en público y en masa; percibí aquello como una fiesta tribal, donde sus miembros se reunían a los ojos de todos, para ventilar en público lo que era propio de la intimidad. Ese ímpetu les generaba un entusiasmo del que mi sensibilidad no era parte.
Consideraba que desde la forma misma como se postulaba la homosexualidad y las declaraciones que rodeaban ese festejo, las consecuencias no eran la integración desde el respeto a las diferencias, sino que la atención se ponía en la brecha, y esto sólo lograba distinguirnos como isla y no conducía a que nos realizáramos como integrantes de la sociedad a la que pertenecíamos. Años después supe de la fiesta denominada Brandon Gay Day, hacia la que siento algo similar.
No dejaban de ser formas de sectarismo, que contribuían en su formulación primaria a lo que nosotras, desde otro ángulo, rechazábamos.



A diferencia de esto, lo que sí apreciaba en algunas de las mujeres que participaban en la agrupación de la asamblea, era ese feminismo natural que tenía directa relación con el carácter popular que habitaba esos sitios. Algo diferente al feminismo de clase que cultivaban amigas lectoras de Simone de Beauvoir, que parecían más interesadas en exhibir su erudición que en las cuestiones que nos concernían, por las que se debía luchar o por las posiciones que debíamos mantener, más allá de lo que yo entendía como un transitorio rechazo social. Si éramos las que obrábamos vuelta y vuelta sobre lo estipulado, debíamos tener los ojos abiertos para expulsar el resentimiento y no ubicarnos en posiciones inversas pero simétricas, complementarias, a las que tenían una mirada represora que nosotras censurábamos. La realidad es más compleja.



jueves, 6 de noviembre de 2014

La diferencia 4








4


Esa falta de acuerdo con Marga duró varios días. Nos encontrábamos en la cocina, preparando algo, o nos íbamos al comedor para ver alguna película y, de improviso, el tema regresaba para instalarse entre ambas. No entendí bien por qué esto se hacía carne en ella. Su obsesión por discutir mis ideas, no era una característica que le conociera. Sospecho que el conflicto estaba en la situación de su hermano mayor, a quien en parte admiraba pero que, extrañamente, siempre que tenía la oportunidad, enfrentaba a la vista de los otros. Debía ser la única persona hacia quien demostraba algún afán de competencia.

Omar era un hombre inteligente y emprendedor, que se había casado joven y que ahora, con dos hijos y una mujer satisfecha de su rutina, parecía encontrarle cierto gusto a la vida, que no estaba en consonancia con lo que su familia aguardaba de él para sus treinta y pico de años. A Marga, en apariencia, en esa coyuntura le había caído con agrado el papel de censora y de jueza, en el que se había instalado. Un rol que no era propio de su personalidad, pero que ella aún no había discutido lo suficiente consigo misma.
No iba a ser yo quien la hiciera entender lo errado de su visión. Sólo debía hablarle desde lo que me trasmitía el presente de su hermano, en ese hogar, con una mujer que parecía haber colmado su misión en esta vida con la crianza de dos niños, y que no expresaba ningún inconformismo, ni ambición, por menor que éste fuera. Agustina no era la pobre víctima que Marga y su madre se esmeraban en presentar. No era culpable, ni víctima, sino que compartía responsabilidades con Omar; pero en esa matemática de la pareja, ella era la que no daba señales de vida. Y es normal que aquél que si las da, no se quede de brazos cruzados.



miércoles, 5 de noviembre de 2014

La diferencia 3








3


En los primeros tiempos de nuestra relación existían temas en los que abiertamente discrepábamos. Me refiero a cuestiones relativas a lo que, irónicamente, denominábamos nuestra condición o la diferencia.
Recuerdo la discusión que surgió en una reunión realizada en la casa de unas amigas. Raquel y Lucía habían alquilado un amplio departamento en Almagro y, para inaugurarlo, invitaron a gente que provenía un poco de todas partes. Lo vivían como una presentación en sociedad. Por momentos pensé que había demasiada gente, mucho ruido, poco sitio donde acomodarse. Algunos iban y venían, bebiendo de más, comiendo lo que estaba a mano y haciendo bromas que se tornaban pesadas.
Con las horas, el clima se fue haciendo más tranquilo y agradable. Pero el cruce final se desató debido a la situación de un amigo de Raquel. Él había concurrido junto a una chica que no sólo era joven, sino que también era muy linda. Promediada la fiesta cuando recién supe que ella era su amante, una relación que se había iniciado algunas semanas antes. Quizá Pablo también sintió un deseo semejante al de las dueñas de casa y cedió a la tentación de exhibirse en público, cuando la norma es el secreto y la discreción. Y no midió esto, o no le interesó hacerlo, siendo que una de las cosas que menos soporta nuestra sociedad es el desparpajo, la elocuente insolencia ante las normas que fijan nuestras conductas.

La reunión transcurrió con normalidad, pero cuando se retiró la mayoría de los invitados, quedó lo que conformaba el grupo selecto: las anfitrionas, nosotras y dos conocidas más, que no me despertaban ninguna simpatía.
Ya en confianza, el velo de éste y otros temas se corrió con naturalidad. Sin habernos percatado, como si la ocasión nos hubiera llevado de las narices, no encontramos hablando de lo que, realmente, parecía interesarnos, lejos ya de los comentarios de ocasión y de las intervenciones pasajeras.
Marga y el resto –salvo Ernestina, que nunca supo qué decir sobre cualquier tema que se tratara– coincidieron en la condena sobre el comportamiento de Pablo. Se podía tolerar que él tuviera sus cosas por ahí, pero involucrar a sus relaciones en sus correrías sexuales –porque no se les otorgaban otro valor– era un atrevimiento que no correspondía que aceptáramos.
Cada vez que yo intentaba armar algún tipo de defensa sobre sus actos –defensa que en verdad me parecía algo que no debía tener lugar. ¿De qué era culpable, me preguntaba?– las voces de ellas subían de tono y me acallaban, luego me fui hundiendo en el sillón y comencé a beber en silencio. No creía lo que presenciaba. Nosotras, que nos decíamos liberales en nuestro comportamiento, que declarábamos sin pudor nuestras decisiones y apetencias, que no permitíamos que nadie creyera que podía ir por encima de nuestra voluntad y emitir juicios sobre lo que no le correspondía, ahora elegíamos linchar en privado a un amigo que había resuelto, simplemente, hacer lo que deseaba, sin otra consideración que su libertad y su deseo, junto a la determinación de la persona que en ese momento compartía la noche con él.
Y para atacar esta conducta apelábamos a argumentos que nos ligaban a lo que siempre tildábamos de conceptos reaccionarios sobre propiedad y sobre el derecho de uno sobre el otro. Nuestros padres, probablemente, hubieran considerado la situación con una actitud y tolerancia que en ese comedor yo no percibía.
Ante un hecho aislado, nuestros juicios estaban un paso atrás de nuestros actos. La vida, la verdadera vida que estábamos llevando, aquélla que decíamos querer expresar en su plenitud, no se correspondía con el molde al que pretendíamos limitar la de los otros.




martes, 4 de noviembre de 2014

La diferencia 2








2


  Hasta el día en que conocí a Marga, creí que ya no había nada especial que esperar, que ninguna fantasía de las que pudiera haber cobijado en mi juventud tendría oportunidad de realizarse. Con su presencia y su compañía, ella me devolvió las ilusiones, ésas que habían quedado dentro de un antiguo cajón, guardadas, escondidas o arrebatadas. Su mirada bastaba para que rescatara del olvido esa sustancia, el verdadero armazón y los elementos de los que estoy hecha.



  En el período anterior a su llegada –en el que abundaron relaciones pasajeras, algunas de las cuales, en sus comienzos, llegaron a parecer otra cosa– sabía que en esos affaires no hallaría atributos legítimos para construir nada que no fuera más que una suma de encuentros. Esos afectos menores, ese interés sexual limitado, se agotaban rápidamente, sin que se alcanzase la intensidad que la intimidad con Marga fue capaz de brindarme. Con ella, el deseo sexual estaba al mismo nivel que las pasiones que despertaba.


lunes, 3 de noviembre de 2014

La diferencia 1



La diferencia






1


Por las noches, me gustaba recostar mi cabeza sobre su cuerpo. En los días de calor, se me hacía que su piel irradiaba un fresco que me aliviaba del sopor y del cansancio del día.
Ella se quedaba quieta, estirada y callada, a lo largo de la cama. Apenas sentía su respiración. Entonces apoyaba mi rostro sobre su estómago, rozando sus pechos con mis cabellos, y percibía su mano que, lentamente, iba acariciándolos. Su movimiento era como si los peinara, y yo me iba sumergiendo en el sueño, con una paz de niña, hasta que oía su voz que me llamaba desde lejos.

– ¡Leda! ¿Estás ahí? ¡Volvé, no te vayas, Leda, no me dejes! –Le agradaba jugar. – ¡No te vayas tan rápido!

Lo decía riendo, con picardía. Y yo regresaba consciente a ese lecho, y la sentía deslizarse sobre mi cuerpo. Me dejaba hacer, ella experimentaba las formas de su deseo, penetrando los pliegues de mi interior. Se iban abriendo y exhibían lo íntimo que hay en mí.

Estaban lejos esos días de asfixia en los que quería exclamar que todo mi cuerpo era sexo. No mis manos, mis pechos, mis piernas, no mi vagina, mis muslos, mi clítoris, mi vulva, sino todo mi cuerpo en su recorrido público y secreto. Necesitaba sentir en mi integridad la satisfacción absoluta de mi deseo. Mi mente era una piel erizada que devoraba el mundo en el que vivía y lo transformaba en apetencia. Era el potente estímulo que impulsaba mi persona. En esos días, estaba dispuesta a luchar para que los límites externos, que se habían hecho carne en mí, se extinguieran o se extirparan como se arranca una planta de raíz.
Los cambios no fueron de un día al otro, de un mes o año al otro; fue largo el proceso. No dependía de lo que hiciera con mi vida, sino  de cómo me percibía a mí misma. El modelo erótico que habían introducido en mi cabeza –sin suerte, por cierto– luchaba por salir al exterior, al menos como síntoma y culpa. Me decía que yo me había desviado, pero me lo decía desde su silencio y astucia. Susurraba que algo falta; ¿qué falta?, le respondía yo. Nada faltaba, el mundo, como yo lo sentía, estaba en su lugar.

Yo no llegaba a la mujer por malas experiencias con ellos, lo mío era preferencia genuina. No debía pasar por ninguna cura ni tomar el atajo de un hombre, que como un decorado disfrazara mi existencia. Ni había caído en el mal hábito, que algunas amigas transitaron, de inventarse historias para contentar a un enorme público –ajeno a los sentimientos propios– que se ubicaba hipócrita del lado opuesto al escenario sobre el que transcurre la existencia. Historias para los otros que en ocasiones ellas terminaron creyéndose. Formas de la invisibilidad que no eran más que una máscara de la degradación.

En esos días me iba muchas veces a caminar por la ciudad, sola. Me hablaba, intentaba comprenderme, incluso regañándome, si eso me parecía necesario. No me era sencillo tomar esa actitud desafiante y presentarme ante el mundo, simplemente, como un ser humano que no debe demostrar nada a nadie, que decide vivir de acuerdo a sus elecciones y hace su vida a expensas de todo. Intentaba distintos caminos, balbuceaba diferentes maneras de abrirme. Llegué a trazar paralelos, que ahora me dan entre risa y curiosidad por aquella joven que yo era en esos años.
Me decía que los personajes de un escritor suelen moverse dentro de los límites que dispone su creador. Que si bien eso no ocurre siempre, es lo habitual, y que aun cuando el autor reniegue de esto, la dependencia se impone en su obra. Una dependencia que él ha creado, consciente o inconscientemente, gracias a un oficio que cultiva, aun cuando parece estar dedicado a cuestiones ajenas a ese arte. Esa dependencia, entre creador y personajes, se me figuraba una relación semejante a la que existe entre nuestras ideas y nuestros actos. Por eso me planteaba que el mejor ejercicio que podía realizar, en vías de transformar mi existencia, era el trabajo continuo sobre mis creencias y mis juicios acerca de la realidad, de quién era y de lo qué pretendía para mi vida.
En mis reflexiones, no había teoría literaria ni nada semejante, sólo improvisaciones que me llevaban de una orilla a la otra, una barcaza presa de un itinerario provisorio, que debía ser cincelado sin pausa. Me venía el recuerdo de tardes en las que me fui adiestrando en el uso de materiales, inicialmente, ajenos a mí y que con el tiempo lograron interpretarme.

Luego de ese sermoneo, regresaba a lo que era mi hogar. Cada vez con mayor fuerza y resolución. Así me fui constituyendo en quien ahora soy, y se fueron sucediendo las escenas que sumadas, una a la otra, conforman la obra en la que aparezco como la protagonista principal. A veces una comedia, otras un drama, con ínfulas de tragedia, pero siempre tras un destino que expresa la convicción que llevo dentro.



domingo, 2 de noviembre de 2014

El castillo de los bichos 5









5



Le fui contando esas historias, mientras el frío de la madrugada nos congelaba. Y por instinto, nos abrazamos; buscábamos conservar ese calor que se esfumaba con la noche, queríamos estar juntas. Paradas en la vereda, estábamos a pocas cuadras de mi casa, expuestas a la mirada del mundo, de alguna luz que encendiera una ventana, de un auto o tren que batiera el silencio; pero yo no prestaba atención. Lo mío era la alegría, una felicidad que nos habitaba. La alegría de que ella estuviera a mi lado, por esos pasajes, a esa altura de la noche, en ése que era mi barrio, al que había regresado hace pocos meses y en el que ahora paseaba en esa nostalgia, y en su compañía, por mi infancia, mis recuerdos, mis calles, mis casas de brujo.

Quedamos juntas, apretadas contra el pilar que está al lado de la entrada. Se apoyó en la pared y nos besamos, nos comenzamos a acariciar presintiendo que íbamos a continuar juntas el resto de nuestras vidas. Creo que allí se inició, realmente, lo nuestro, que ese fue el primer beso de nuestra relación, el que de alguna manera selló un pacto al que nunca le pusimos palabras, el que sentíamos que fundía a una con la otra.


Pasé mis manos sobre su cuerpo, las deslicé entre sus piernas, abiertas, tocando su sexo a través del pantalón, acariciándolo como si palpara su piel, sus labios. La tomé de la cabeza, nos movíamos como si estuviéramos tendidas en una cama. Sus pechos estaban erizados, los sentí debajo de la blusa y los rocé con los míos. Nuestras bocas no se separaban. Entre besos cortos y besos largos, la deseaba intensamente, con un deseo que no sólo era amor, que no sólo era deseo, que también era satisfacción, llegada, destino. Era una sensación única por la que jamás había pasado.
En eso oí ruidos que venían de la planta baja, también noté que se encendían luces en el segundo piso y se movían las cortinas que cubrían una ventana. Me separé apenas, me costaba, dolía alejarla de mi cuerpo. Le murmuré que nos fuéramos. En esa noche, nosotras parecíamos los fantasmas en la entrada del castillo embrujado. Un eco de voces detrás de nosotras nos despedía. El hechizo o la maldición, que daba fama a ese palacio, continuaría su historia, pero lejos de nosotras.


Subimos al auto y fuimos hacia mi casa, que desde ese día también fue la de ella. Atravesamos la entrada, las habitaciones, hasta caer en la cama. Nos desnudamos y permanecimos amándonos hasta el alba.




sábado, 1 de noviembre de 2014

Entrada al jardín Completo en PDF





Desde el siguiente link se puede bajar el capítulo Entrada al jardín completo, en PDF. El mismo contiene texto e ilustraciones tal como aparece en los links anteriores.

Cada capítulo será subido en PDF en forma íntegra luego de la salida completa por este blog.

https://drive.google.com/file/d/0Bwd8FAP0BCouQ195T2hKMUsyQlk/view?usp=sharing



El castillo de los bichos 4










4



El palacio fue clausurado. Fue la última orden que, se sabe, dio ese italiano próspero, don Benvenutto Anasagasti, en su paso por esta vida. Algunos dicen que después de eso se encerró en esas amplias salas, alimentándose por semanas y meses, con los restos del mejor banquete que supo organizar. Y, posteriormente, con lo que crecía o merodeaba en la casona. Otros relatos que llegan de esa época comentan que, absolutamente alterado, vagó por las calles de Villa de Parque durante años, loco, enajenado, viviendo en la intemperie en los meses más crudos, como en los del bochorno del verano. Y que dormía con la cabeza apoyada en el descanso de la entrada de la abandonada edificación de la calle Campana, vistiendo con su ropa hecha harapos, confundido con un pordiosero.
Algo de esto puede explicar por qué durante años se veían luces o se oían ruidos dentro del palacio. Aunque a semejanza de otras leyendas, ésta también es confusa y cambiante. Algunos agregan, como elemento del relato, al niño que se perdió cuando penetró solo en esa mansión, tras una pelota que había caído adentro. Sus compañeros de juego no lo siguieron. El palacio despertaba el temor de un cementerio por la noche, y excitaba la imaginación de aquellos que se le acercaban a sabiendas de su pasado.
A Pedro lo animaron a entrar en la casa, cubierta por malezas y árboles enormes, que se alzaban hasta la segunda y tercera planta. Pedro, con lágrimas en los ojos, se animó y trepó por la pared que da al frente, cercano a la vía del tren. Una vez arriba giró el rostro y vio a sus amigos. Saltó y se introdujo en ese paisaje silvestre. Ellos vieron su figura, adelgazándose a la distancia, avanzar por el jardín hasta que giró por detrás de la construcción. Nunca se supo más de él. Los chicos lo esperaron durante horas, hasta que cayó el sol y debieron regresar a sus casas. Pedro había pateado la pelota y fue a buscarla. Él debía ser quien hiciera el rescate. No se animaron a contárselo a la familia hasta el tercer día.

Por décadas, no importa el dueño que circunstancialmente adquiriera el palacio de los bichos, nadie fue capaz de ingresar en la cúpula que corona la edificación. Por la escalera casi derruida, con agujeros donde penetra un pie, se llegaba a la puerta de entrada. El olor a excrementos y un ruido ensordecedor, que crecía con la cercanía humana, hacían dificultoso pasar ese obstáculo y entrar en ella. Adentro, cientos de lechuzas parecían hacer presión sobre la puerta y no permitir que nadie transgrediera ese ámbito. Se llegó a rumorear que el viejo Anasagasti, ya anciano, se dejó morir ahí arriba, y que su cuerpo fue comido por estas aves, que se los disputaban con las ratas y otras alimañas, para sobrevivir en ese páramo instalado en las alturas.
Las lechuzas, muchos años después del accidente, fueron extinguiéndose en la zona. Sólo quedaron algunos murciélagos propios de los árboles de la zona del ferrocarril y de las antiguas construcciones del barrio. O tal vez eran los edificios, que traían sus propios fantasmas. Una fuente de energía los invitaba y guiaba hacia el palacio, dilecto lugar de reunión de lo extraño y numinoso.


Después de la tragedia, mucha gente lo habitó, pero aún hay quienes dicen que cuando se acerca la fecha del casamiento se ve a Margarita Anasagasti, con su vestido de novia, paseándose por el torreón, con la vista perdida hacia el oeste, y que, al sonido del primer tren que se acerca, una mueca de terror le gana el rostro. Algunos murmuran que en los aniversarios del día de la boda, los espectros de los recién casados andan por las vías, a horas de la madrugada, como buscando algo perdido, algo que no encuentran, ni jamás ha sido observado por un ser vivo.




miércoles, 29 de octubre de 2014

Entrada al jardín Capítulo Completo



Entrada al jardín





1



Hay una voz que en sueños me repite las mismas palabras. Si éstas cambian, el sentido no varía. Me dice que hay que estar alerta, que la atención mayor debe estar dirigida a que los días de nuestra existencia no se vayan pareciendo unos a otros; que no deben perder su color, extraviarse en una superficie donde la mano no percibe más que un tejido liso, una trama opaca. Que cada día debe ser distinto al anterior. Debemos ser capaces de diferenciarlos, no debemos resignarnos a lo turbio ni a lo gris, a lo que extravía el nombre. Si eso no sucede, si ninguna seña, rasgo o emblema, se hace notorio, y si en esa sucesión indefinida dejamos de discernir las formas del tiempo, aunque no lo sepamos, si eso ocurre, es porque hemos muerto.
No importa que el cuerpo respire. Eso es un detalle. La que no respira es el alma, porque nos han robado los días y con los días se llevaron el resplandor de la noche, la sombra que trae consigo el sol.

No despierto. Nunca despierto después de oír esa voz. A veces es la voz de una mujer, otras la de un hombre. Sigo durmiendo y soñando. Sé que lo hago, aunque no siempre recuerde lo sucedido. Pero sé que mi mente, o lo que sea que está en mí, me retiene en ese país del sueño. El mensaje proviene de mi interior, no hay duda. Es lo que necesito que me digan, que al menos me susurren y –como nadie sabe esto, como parece que a nadie le interesa– soy yo quien se aviene a mi encuentro y me confiesa esa verdad.

No sé dónde he estado. Dónde ha estado nadie. Dónde estuvieron los otros. No sé si lo que ha sucedido era lo correcto, si al menos es bueno para alguien o si a alguien le ha servido. Pero sé que ha sido así y que ya no será de otro modo.
Cada día debe tener su propia luz, su rostro, su huella; esa marca que lo haga único, que lo ilumine. No debo entregarme a una sucesión indefinida de formas idénticas que desfilan ante mí y ante lo que amo. La creación es la tierra sin límites que nos sana.
Quizá lo sabía desde chica, quizá me lo han enseñado de pequeña y lo olvidé y ahora recupero la sabiduría perdida. No sé. En las noches duermo y oigo esa voz.
Querría dormir tu sueño ahora y que la oyéramos juntas. No sé qué tan lejos o cerca permaneces. Ése es mi deseo en esta hora, que oigamos esa voz, juntas. Sólo necesitaba confesártelo, enamorada.



2





Me crié acá, en esta antigua casona de Villa del Parque. Crecí mirando desde esta ventana los mismos árboles que ahora observo. El pino que se eleva alto, como si nada pudiera evitar su ascenso, en la cercanía de lo que era la casa de Doña Antonia y Don Gervasio, y que hace años se ha convertido en un edificio de varias plantas, que nos mezquina la luz. Ahí están el limonero y el naranjo del fondo, cerca de lo que fue mi cuarto propio; no mi dormitorio, mi dormitorio quedaba a metros de donde estoy ahora.
Recuerdo a papá los domingos observando como estaban sus troncos –así los llamaba, así nombraba a los árboles–, purgándolos de las pestes, de los bichos y de las hormigas. Y veo a mamá cerca de las plantas. Les dedicaba horas todos los días. Ella no trabajaba. Sólo daba clases de piano a dos o tres alumnas. Era un gusto. Decía que la mantenían activa.
El tiempo transcurría en esta tierra, entre estas altas paredes, con muebles macizos, fuertes, con una vajilla que nadie recordaba quién la había adquirido, con manteles bordados, con copas de cristal, con cuadros y gobelinos distribuidos a los costados y sobre la pared de la gran sala, frente al espejo que todo lo veía.
A veces, de pequeña, creí que nosotros sólo éramos siluetas, personajes, que el espejo soñaba para su divertimento y distracción. Ahí aparecíamos y nos esfumábamos a la hora de la comida, en las reuniones, cuando algo importante debía tratarse. Sus límites eran los límites de la familia en pleno. Con los años supe que no, que afuera también estaba la vida. Aunque esa idea de ser sólo un reflejo, una superficie incompleta, de alguna manera debe haber crecido y se debe de haber desarrollado en mi interior.

La ventana es la misma. Cuando la casa fue remodelada sólo se limpió de la madera las capas de pintura que se habían ido superponiendo. Me agrada como quedó, al natural. Apenas con una mano de barniz que la defiende de la intemperie, de la lluvia, del aire y del sol.
La acaricio como si fuera un juego. Vuelvo mi mano sobre esa superficie una y otra vez. La trato como si fuera un cuerpo al que amo y he amado siempre.
Miraba hacia el jardín y sobre el marco fui grabando iniciales mayúsculas. Esculpí una M grande como sus ojos, una R que no sé si es recuerdo o soledad, y una L que puede ser mi nombre u otra cosa. Otra cifra, una clave. No sé por qué lo fui haciendo. No haría eso. Nunca he hecho algo semejante a lo que ahora hago.

Parece que esos pájaros que cantan son los mismos de aquel entonces, que no han partido nunca, que el jardín les ha otorgado una inmortalidad a la que muchos seres humanos aspiramos. El sol crea un reflejo dorado en ese mundo vegetal, y sonrío, como si fuera feliz.
Dejo a un lado el buril, una espátula y este pequeño martillo con los que he trabajado, y me friego los ojos. Siento un leve cansancio que me recorre el cuerpo, pero a la vez ese cansancio me relaja.

Distraída, me interrogo a mí misma porque necesito saber qué es lo que hace que llevemos tanta ruina dentro de nosotros. De que no perdure lo que consideramos valioso y sin embargo lo otro resista la mudanza, los cambios que esta danza de la muerte esparce igualando.

Da la impresión de que en horas comenzará a llover. El aire está caldeado, es más espeso, más denso que en otros días. Cuesta respirar. Cuando esto sucede percibimos aquello hacia lo que habitualmente somos indiferentes. Sin embargo, eso siempre está sucediendo. No se detiene, lo que se detiene es nuestra percepción.

Vienen a la memoria tardes en que llevo puesto un vestido con flores. Marga las ha pintado a mano. Son motivos eslavos, tonos pasteles y alegres. En un sitio se une la filigrana que logró su mano y en otro se separa. Cuando me pongo ese vestido me da por bailar en la sala, sin música, a bailar sola. La obediencia a un ritmo externo me afectaría. Sería una prisión, no sería la libertad. Bailo mi música, eso es lo que bailo. Danzo e imagino diálogos. Y de repente me detengo, me siento sobre la alfombra y me estiro a lo largo de ella, me recuesto hasta tocar con la cabeza la madera de un mueble, una silla, las patas de una mesa. No importa qué mueble es, no importa dónde me he dejado caer. Y siento que el mundo retorna. Y retorno a ese juego al que no le he puesto nombre y no he compartido, no por avaricia, ni por incapacidad, sino porque no me pertenece, es una magia en la que me sumerjo, en la que me dejo ir, aunque esa magia no sea mía. Yo no soy la que decide. Surge de mí, pero es ella la que esparce en mi cuerpo su dominio.
Quizá no sea suficiente lo que digo. No debería confesarse ni siquiera esto. También es parte del misterio abrir los labios frente al espejo y verse como nadie nos ha visto.

Hoy no me he puesto el vestido que en esa primavera pintaste para mí. Sólo miró hacia el jardín, aguardando que la lluvia, con su cuerpo de agua, diluya y se lleve consigo lo que está en el aire. Hoy sólo espero, hoy no bailo, hoy no es uno de esos días.




3





La primera imagen que conservo de vos es la de tu rostro, en una tarde de aquel verano. Llovía y entraste empapada al salón que daba al jardín, el de los grandes ventanales. Era sábado y estábamos reunidos en la casa de Jorge, para tratar no sé qué tema sobre las modificaciones en el edificio de Artes. Quizá fuera una excusa para que comiéramos algo entre todos, y que cada uno hiciera gala de sus trabajos y de sus proyectos. Ésa era en parte nuestra forma de ser. Encerrados en nuestra rutina, nos considerábamos especiales, distintos al resto de las personas. Nadie lo proclamaba abiertamente, pero lo exhibíamos en nuestras frases y en nuestros hábitos, en la manera cómo nos referíamos a lo que no pertenecía a nuestro universo.

Me volví cuando oí abrirse la puerta de la sala. Te observé. Sacudías el agua de tu pelo y de tu ropa. Te pasabas una mano con ligereza, y los cabellos se te venían encima. Volvías a lo mismo, y parecía que no ibas a poder salir de ese aguacero que se te había pegado al cuerpo. Estabas hermosa. No dejé de mirarte aún cuando el resto de los que estábamos ahí continuaba hablando y moviéndose, con otras preocupaciones, mencionando aulas, números, paredes, nombrando colores, objetos que ya nada significaban para nosotras. Me estabas mirando. Lo presentí.

Cuando cesó ese chaparrón, por un momento dejamos nuestros lugares y fuimos en grupo hacia afuera. Los arabescos de las copas mitigaban la luz del sol, que regresaba con mayor intensidad. La vegetación aislaba el aire que envolvía a los que permanecíamos en ese corredor, entre los rosales y las otras plantas.
No intercambiamos demasiadas palabras. Las justas, las precisas. Creo que a lo largo de estos años siempre fue así. Nunca fuimos de hablar de más. Nuestros silencios a veces eran de días, semanas; tal vez por eso ahora no percibo la diferencia. Estás a mi lado, yo cada tanto digo alguna tontera, irrumpo en risas, te comento algo, y el día continúa con su rutina, con su luz y sus sombras.
Pero esa tarde me atreví a tocar tu mano cuando sujetabas una correa gastada que caía hacia las baldosas rojizas. Te quedaste quieta, giraste apenas el rostro y vi tus ojos. Creo que fue la primera vez que te llamé por tu nombre.

En este estado sé que no soy capaz de apreciar las diferencias entre ese ayer y hoy. Un leve frío, por instantes, me recorre el cuerpo cuando me animo a dar un paso hacia adelante. Es la sensación de que algo que está entre nosotras se delata, que quiere hablarme. Y simulo que eso no debe ser dicho, que no es el momento, que ese frío en mi espalda, en mi cuerpo, en todo mi cuerpo, debe retirarse a una tierra que no es ésta, porque vos estás ahí, estás a mi lado, y tengo mucho que contarte, mucho, y no conozco el tiempo que nos queda, y no sé si algo que provenga de mí puede dar un paso a favor en la batalla que nos sujeta.

Vengo de un mundo. Voy hacia otro. Y en ambos extremos mi deseo es hallarte. Te descubrí una tarde de estío en que tu nombre aún no era nada para mí y volveré a encontrarte.