Anunciamos la salida en libro impreso de la novela que inicialmente se llamó Amor en Baires. Apareció en este mes, julio de 2020, en la Colección Letras del maíz, del sello ALVAREZ CASTILLO EDITOR, con el nombre, final, Historia de dos mujeres.
En este Link del Blog del sello se puede leer más información:
https://alvarezcastilloeditor.blogspot.com/2020/07/historia-de-dos-mujeres.html
Y, para quien le interese leerla, pueden adquirirla por Mercado libre en el Link:
https://articulo.mercadolibre.com.ar/MLA-865225364-hector-alvarez-castillo-historia-de-dos-mujeres-lesbianismo-_JM?quantity=1#position=2&type=item&tracking_id=98982946-c00c-466f-bf2d-fd6758066b3d
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sábado, 4 de julio de 2020
Historia de dos mujeres - Salió la novela impresa
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lunes, 1 de diciembre de 2014
El destino Capítulo Completo
El destino
1
Algo sonó
fuera de la casa. Debe haber sido la bocina de una ambulancia, de ésas que en
la noche recorren solitarias la ciudad. Sin aviso, se introdujo en nuestro
cuarto.
Me desperté
como si ya fuera de día, sin rastros del sueño. Descansaba a mi lado. La
contemplé alejada de todo lo que nos afectaba en la vigilia. Me vino a la mente
la idea, la fantasía, de que volviéramos a ser jóvenes, de que en un instante
este paisaje de la vida le hiciera lugar a ese presente que fue; que regresaran
los rostros, las sonrisas, las palabras; que regresaran los seres, que ya no
eran o habían dejado de estar a nuestro lado.
Amar la vida
es lo único que me vino a la mente en esa madrugada, despierta a deshora, junto
a la mujer que amaba. Pensé, con un dramatismo al que no estaba habituada, que
mientras que en el mundo abunda el dolor, dejamos pasar oportunidad tras
oportunidad, como si siempre hubiera tiempo para aquello que no sabemos
realmente qué es. Intercambiamos las máscaras de jueces y verdugos con otros
pasajeros de esta historia, e insistimos con errores que se reiteran en nuestra
juventud, adultez y ancianidad. Los marginados nos despiertan temor, y no
alcanzamos a comprender que esa extrañeza la compartimos todos, sin diferencia,
más allá de que en algún instante nuestra estrella esté en lo alto. Lo único
que brilla siempre es el sol, y nosotros somos inconclusos planetas que giran
alrededor de esa estrella. Nuestra rotación, morosamente, descansa del lado
oscuro, donde la vegetación es fría y no crece, donde el agua se transforma en
hielo y no corre, donde las formas animales toman el rostro de las rocas y se
deshacen en arena.
Creo que tengo
cosas por decir, aunque no conozca la verdadera noción acerca de qué es lo que
sospecho y necesito trasmitir, lo que está en mi boca y apenas me permite
respirar.
2
Se me hace que
somos muchos quienes vivimos esta existencia como si luego existiera otra
oportunidad, como si al cabo de los años la suerte nos brindara otro ida y
vuelta. No en una vida extraña, alejada de los seres, de los sitios e incluso
de las situaciones que de alguna manera hemos transitado. Sino aquí mismo, en
un sentido fuerte del aquí mismo. Por
la magia de esta época, estamos habituados a que la función siempre empieza de
nuevo, el game over no nos asusta.
Sin duda que esto es locura, pero esa sensación que nos recorre, más allá de
que no lo confesemos y de que, en la mayoría de los casos, sea inconsciente,
considero que obra de escudo o de distracción con respecto a la verdad.
No voy a
declarar nada acerca de esa verdad. La verdad la sabemos, está dentro; quien
más, quien menos, la vislumbra, la lleva esparcida en su ser. Hay una vivencia
de ella, por más enajenado que estemos y que la alienación haya perturbado
nuestra relación con ella. No hay instante en que no estemos despidiéndonos.
Cada célula, cada órgano, cada pelo, cada miembro, es testigo de este rito
continuo que nuestros progenitores y ancestros han iniciado.
Hay una edad
en que esa conciencia trágica parece atenuarse. Confiamos en que va
desapareciendo, que se esfumará y terminará extinguiéndose y que nos dejará
tranquilos de ahí en adelante, pero un día retorna, se instala cómodamente en
nosotros y no da señales de abandonarnos nuevamente. Cada mañana, ni bien
despertamos, está ahí.
Hay temporadas
que, desde el amanecer, en lo primero que pensamos es en el tiempo que nos
queda. Y sabemos que ese tiempo también será devorado, sin que tengamos dominio
ni capacidad para evitarlo. Las horas seguirán con ese tintineo en la cabeza. No
se acallará a lo largo de la jornada, estará ahí, hagamos lo que hagamos, sujeto
a nosotros como un animal silencioso, que detrás de su gentileza es el cazador
más eficiente de la manada. Lo sorprendente es esa distracción de la que les
hablaba, cómo logra, con su naturalidad y simpleza, hacerse un lugar en
nosotros y, gracias a los efectos del sopor que causa, nos permite seguir hacia
adelante y hace que nuestra tierra no sea ganada sólo por la verdad. Elude que
se instale una voz que enmudezca al resto y nos diga que no hay sentido en
ningún acto. Si esto no ocurriera, caeríamos exhaustos sobre el primer sillón
que esté frente a nosotros y no nos moveríamos hasta que nos alcanzara la
noche. Pero esa voz no aparece. Esa voz no es tan elevada. Entonces seguimos.
Seguimos día a día. Somos criaturas embriagadas, destellos apagados.
3
Tengo sueños
raros. Y lo extraño es que por la mañana, al despertarme siento que una energía
distinta me recorre el cuerpo y me guía en lo que hago. En esos sueños aparece
gente conocida; han llegado a estar mis
padres, algunas amigas, también Marga. Los lugares siempre son aquellos en los
que viví antes de conocerla, pero misteriosamente me resultan apropiados para
nosotras. Son en el pasado. Las acciones son en el pasado o en un presente
distinto. En esas historias, que parecen episodios, las piezas se engarzan
alrededor de algo que trasciende y otorga sentido al abanico de expectativas,
presiones y desencuentros que a veces nos envuelve. Mis sueños sobrepasan ese
cerco.
4
Nunca me
explicó cómo fue ni cuándo se le ocurrió.
Debe de haber
amanecido poco antes de que ella despertara. La ventana estaba abierta y en la
habitación entraba plena la luz del día. Me sobrecogí cuando sentí sus
caricias. No sé el tiempo que llevaría así. Intenté mover un brazo, luego el
otro, y no pude. Mis piernas estaban abiertas, sujetas a la cama por los
tobillos; una correa hacía lo mismo con las muñecas.
La noche
anterior había querido amarla, pero me contuvo diciéndome que debía levantarse
temprano. No me agradó su negativa, y me fui a dar vueltas entre la cocina y el
comedor, mientras leía y bebía algo; cuando regresé, la hallé dormida.
Percibió mis
movimientos y supo que me había despertado, me miró a los ojos y sonrió. Estaba
de rodillas sobre la cama. Apenas se alzó, vi que llevaba puesto un arnés del
que sobresalía un consolador que yo jamás había visto. Seguramente lo había
adquirido en secreto para esta ocasión, como a ese antifaz negro que le tapaba
parte de la cara y que ahora, cuando pienso en él, me produce risa más que
excitación. Abajo estaba desnuda. Movió una pierna y se tocó, apenas; arriba la
cubría una transparencia negra, sin mangas, que hábilmente había cortado a la
altura de los pezones, que se asomaban por ambos lados.
Llevó un dedo
a sus labios y me hizo un gesto de silencio. Luego pasó sus manos por debajo de
mis nalgas, separó aún más mis piernas, y comenzó a jugar con su lengua y sus
dedos; por largos minutos permaneció así, percibiendo cómo mi cuerpo se
arqueaba, sin otra voluntad que la que le infundía ella. Llevó una mano sobre
mi vientre. Lo oprimió y liberó más de una vez. Ese juego lo acompañaba con
otras presiones que realizaba rítmicamente sobre mi clítoris. Luego llevó una
mano hasta mis pechos y jugó con ellos. Me oí gemir y sé que me oía. La
conozco. Entonces me dio un beso profundo, levantó el rostro y vino a buscar mi
boca y mi lengua. Yo estaba desesperada. Me agitaba sin poder tocarla, movía
los dedos en el vacío, como si tuviera su piel a mi alcance. Sentí que aflojaba
la correa de uno de mis tobillos, y vi cómo se preparaba para penetrarme,
mientras me confesaba cosas al oído que nunca había mencionado. Cerré los ojos
y, junto a los espasmos, besé su lengua cada vez que pude, cuando su boca se
aproximaba a la mía. Apretaba mi cabeza con violencia, introducía sus manos
entre mis cabellos y rozaba, como una caricia, su rostro contra el mío.
Cuando se
cansó de ese juego, se liberó del arnés, lo dejó caer a un lado, y se sentó
sobre mis pechos hasta que tuve su sexo en mi boca y, con las manos apretando
los barrotes, se dedicó a gozar.
5
Tengo la
imagen de una casa cercada por el agua. No es una isla. Es distinto. La casa se
ha reducido a pocas habitaciones, las mínimas, y desde los ventanales se ve el
agua, de un color por momentos lechoso, otros como si fuera arena líquida, una
sustancia extraña, que muda a un verde desagradable y avanza dominante sobre la
construcción. Se inmiscuye donde quiere, donde se le antoja. No podemos
detenerla. Invade nuestra estancia en silencio, sin ningún acto que nos lleve
al escándalo o invite a escenas de dramatismo. Pero sabemos que con ella viene
algo que no conocemos, que es ajeno aunque nazca como un hijo díscolo de
nosotras mismas.
Esta escena no
llega en sueños, sino cuando estoy recostada sobre la cama, sin moverme, con
los ojos cerrados, durante un tiempo, percibiendo los ínfimos sonidos que
vienen desde afuera, las maderas de la casa que se acomodan, una ráfaga de aire
que mueve hojas y ramas en el jardín. Esa escena se va armando en mi mente, y
me veo junto a Marga. Inmóviles, no sabemos qué debemos hacer para detener ese
curso seguro de un elemento extraño que conquista nuestro hogar. Y cuando el
líquido lechoso alcanza nuestros pies, avanza por nuestras piernas y nuestras
manos, tendidas con los brazos hacia la tierra. Ahí se humedecen y sienten que
las roza una temperatura y una superficie, que es más de lo que se ve, entonces
abro los ojos con violencia y me incorporo en la cama. Soy consciente que eso
ha sucedido sólo en mi imaginación, pero ha ocurrido con independencia de mi
voluntad.
6
Después de la sorpresa de ese despertar, por varias semanas vivimos
cierto frenesí sexual que cada día era mayor. Visto desde afuera, daba la
impresión de que no podíamos estar juntas sin besarnos, ni acariciarnos, sin
desear que nuestros cuerpos se entregaran al placer con una intensidad renovada.
Una de esas
noches fuimos a un cumpleaños. Nos costó disimular ese fuego desde las primeras
horas. Habíamos bebido algo de más. Marga se subió a mis piernas y empezó a
besarme. Percibí que a nuestro alrededor se extrañaban de nuestro
comportamiento, pero no era capaz de separarla de mí, menos de insinuarle algo
que la afectara. Sus manos intentaron
abrirse dentro de mi blusa, cuando sentí un chirlo en mis piernas que me
disuadió a seguir. Tomé su mano, la besé y le pedí que me alcanzara el vaso. Reaccioné
gracias a ese gesto de una amiga y comencé a dialogar con los otros invitados.
Por suerte fui capaz de enfriar el momento, sino hubiéramos terminado, tempranamente,
enredadas entre las sábanas del dormitorio de Laura, bajo la mirada cómplice de
algunas y la sorpresa del resto.
Cuando al
final de la velada retornamos a Villa del Parque, entramos a nuestra habitación
contentas de estar juntas. Llevábamos copas en las manos y una botella. Entre
caricias, nos desnudamos una a la otra. Ahí fue que toque algo raro, algo que
en ese estado no me permití apreciar, más allá de saber que estaba palpando una
diferencia en un cuerpo para mí perfecto y que ahora, por razones que
desconocía, se veía invadido por una forma ajena.
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lunes, 10 de noviembre de 2014
Primeros tres capítulos completos
Hoy en "Amor en Baires" no subimos nada nuevo, para dar tiempo a los que no leyeron aún todo el material de la novela subido hasta aquí a que se pongan al día, si les interesa la propuesta.
Por eso, insistimos con la información de los links donde está completo cada capítulo de los 3 divulgados, más el del Plan de obra, para que tengan información general sobre la historia de amor de Leda y Marga.
Plan de la obra:
http://amorenbaires.blogspot.com.ar/2014/10/amor-en-baires-una-novela-de-hector.html
Capítulo 1 – Entrada al jardín:
http://amorenbaires.blogspot.com.ar/2014/10/entrada-al-jardin-capitulo-completo.html
Capítulo 2 – El castillo de los bichos:
http://amorenbaires.blogspot.com.ar/2014/11/el-castillo-de-los-bichos-completo_6.html
Capítulo 3 – La diferencia:
http://amorenbaires.blogspot.com.ar/2014/11/la-diferencia-completo.html
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domingo, 9 de noviembre de 2014
La diferencia completo
La diferencia
1
Por las noches, me gustaba recostar mi cabeza
sobre su cuerpo. En los días de calor, se me hacía que su piel irradiaba un
fresco que me aliviaba del sopor y del cansancio del día.
Ella se quedaba quieta, estirada y callada, a
lo largo de la cama. Apenas sentía su respiración. Entonces apoyaba mi rostro
sobre su estómago, rozando sus pechos con mis cabellos, y percibía su mano que,
lentamente, iba acariciándolos. Su movimiento era como si los peinara, y yo me
iba sumergiendo en el sueño, con una paz de niña, hasta que oía su voz que me
llamaba desde lejos.
– ¡Leda! ¿Estás ahí? ¡Volvé, no te vayas,
Leda, no me dejes! –Le agradaba jugar. – ¡No te vayas tan rápido!
Lo decía riendo, con picardía. Y yo regresaba
consciente a ese lecho, y la sentía deslizarse sobre mi cuerpo. Me dejaba
hacer, ella experimentaba las formas de su deseo, penetrando los pliegues de mi
interior. Se iban abriendo y exhibían lo íntimo que hay en mí.
Estaban lejos esos días de asfixia en los que
quería exclamar que todo mi cuerpo era sexo. No mis manos, mis pechos, mis
piernas, no mi vagina, mis muslos, mi clítoris, mi vulva, sino todo mi cuerpo
en su recorrido público y secreto. Necesitaba sentir en mi integridad la
satisfacción absoluta de mi deseo. Mi mente era una piel erizada que devoraba
el mundo en el que vivía y lo transformaba en apetencia. Era el potente
estímulo que impulsaba mi persona. En esos días, estaba dispuesta a luchar para
que los límites externos, que se habían hecho carne en mí, se extinguieran o se
extirparan como se arranca una planta de raíz.
Los cambios no fueron de un día al otro, de
un mes o año al otro; fue largo el proceso. No dependía de lo que hiciera con
mi vida, sino de cómo me percibía a mí
misma. El modelo erótico que habían introducido en mi cabeza –sin suerte, por cierto– luchaba por salir al exterior, al
menos como síntoma y culpa. Me decía que yo me había desviado, pero me lo decía
desde su silencio y astucia. Susurraba que algo falta; ¿qué falta?, le
respondía yo. Nada faltaba, el mundo, como yo lo sentía, estaba en su lugar.
Yo no
llegaba a la mujer por malas experiencias con ellos, lo mío era preferencia
genuina. No debía pasar por ninguna cura ni tomar el atajo de un hombre, que
como un decorado disfrazara mi existencia. Ni había caído en el mal hábito, que
algunas amigas transitaron, de inventarse historias para contentar a un enorme
público –ajeno a los sentimientos propios– que se ubicaba hipócrita del lado opuesto
al escenario sobre el que transcurre la existencia. Historias para los otros
que en ocasiones ellas terminaron creyéndose. Formas de la invisibilidad que no
eran más que una máscara de la degradación.
En esos días me iba muchas veces a caminar
por la ciudad, sola. Me hablaba, intentaba comprenderme, incluso regañándome, si
eso me parecía necesario. No me era sencillo tomar esa actitud desafiante y
presentarme ante el mundo, simplemente, como un ser humano que no debe
demostrar nada a nadie, que decide vivir de acuerdo a sus elecciones y hace su
vida a expensas de todo. Intentaba distintos caminos, balbuceaba diferentes
maneras de abrirme. Llegué a trazar paralelos, que ahora me dan entre risa y
curiosidad por aquella joven que yo era en esos años.
Me decía que los personajes de un escritor
suelen moverse dentro de los límites que dispone su creador. Que si bien eso no
ocurre siempre, es lo habitual, y que aun cuando el autor reniegue de esto, la
dependencia se impone en su obra. Una dependencia que él ha creado, consciente
o inconscientemente, gracias a un oficio que cultiva, aun cuando parece estar
dedicado a cuestiones ajenas a ese arte. Esa dependencia, entre creador y
personajes, se me figuraba una relación semejante a la que existe entre
nuestras ideas y nuestros actos. Por eso me planteaba que el mejor ejercicio
que podía realizar, en vías de transformar mi existencia, era el trabajo continuo
sobre mis creencias y mis juicios acerca de la realidad, de quién era y de lo
qué pretendía para mi vida.
En mis reflexiones, no había teoría literaria
ni nada semejante, sólo improvisaciones que me llevaban de una orilla a la
otra, una barcaza presa de un itinerario provisorio, que debía ser cincelado
sin pausa. Me venía el recuerdo de tardes en las que me fui adiestrando en el
uso de materiales, inicialmente, ajenos a mí y que con el tiempo lograron interpretarme.
Luego de ese sermoneo, regresaba a lo que era
mi hogar. Cada vez con mayor fuerza y resolución. Así me fui constituyendo en
quien ahora soy, y se fueron sucediendo las escenas que sumadas, una a la otra,
conforman la obra en la que aparezco como la protagonista principal. A veces
una comedia, otras un drama, con ínfulas de tragedia, pero siempre tras un
destino que expresa la convicción que llevo dentro.
2
Hasta el día en que conocí a Marga, creí que
ya no había nada especial que esperar, que ninguna fantasía de las que pudiera
haber cobijado en mi juventud tendría oportunidad de realizarse. Con su
presencia y su compañía, ella me devolvió las ilusiones, ésas que habían
quedado dentro de un antiguo cajón, guardadas, escondidas o arrebatadas. Su
mirada bastaba para que rescatara del olvido esa sustancia, el verdadero
armazón y los elementos de los que estoy hecha.
En el período anterior a su llegada –en el
que abundaron relaciones pasajeras, algunas de las cuales, en sus comienzos,
llegaron a parecer otra cosa– sabía que en esos affaires no hallaría atributos legítimos para construir nada que no
fuera más que una suma de encuentros. Esos afectos menores, ese interés sexual
limitado, se agotaban rápidamente, sin que se alcanzase la intensidad que la
intimidad con Marga fue capaz de brindarme. Con ella, el deseo sexual estaba al
mismo nivel que las pasiones que despertaba.
3
En los primeros tiempos de nuestra relación
existían temas en los que abiertamente discrepábamos. Me refiero a cuestiones
relativas a lo que, irónicamente, denominábamos nuestra condición o la
diferencia.
Recuerdo la discusión que surgió en una
reunión realizada en la casa de unas amigas. Raquel y Lucía habían alquilado un
amplio departamento en Almagro y, para inaugurarlo, invitaron a gente que
provenía un poco de todas partes. Lo vivían como una presentación en sociedad.
Por momentos pensé que había demasiada gente, mucho ruido, poco sitio donde
acomodarse. Algunos iban y venían, bebiendo de más, comiendo lo que estaba a
mano y haciendo bromas que se tornaban pesadas.
Con las horas, el clima se fue haciendo más
tranquilo y agradable. Pero el cruce final se desató debido a la situación de
un amigo de Raquel. Él había concurrido junto a una chica que no sólo era
joven, sino que también era muy linda. Promediada la fiesta cuando recién supe
que ella era su amante, una relación que se había iniciado algunas semanas antes.
Quizá Pablo también sintió un deseo semejante al de las dueñas de casa y cedió
a la tentación de exhibirse en público, cuando la norma es el secreto y la
discreción. Y no midió esto, o no le interesó hacerlo, siendo que una de las
cosas que menos soporta nuestra sociedad es el desparpajo, la elocuente
insolencia ante las normas que fijan nuestras conductas.
La reunión transcurrió con normalidad, pero cuando
se retiró la mayoría de los invitados, quedó lo que conformaba el grupo selecto:
las anfitrionas, nosotras y dos conocidas más, que no me despertaban ninguna simpatía.
Ya en confianza, el velo de éste y otros
temas se corrió con naturalidad. Sin habernos percatado, como si la ocasión nos
hubiera llevado de las narices, no encontramos hablando de lo que, realmente,
parecía interesarnos, lejos ya de los comentarios de ocasión y de las
intervenciones pasajeras.
Marga y el resto –salvo Ernestina, que nunca
supo qué decir sobre cualquier tema que se tratara– coincidieron en la condena
sobre el comportamiento de Pablo. Se podía tolerar que él tuviera sus cosas por
ahí, pero involucrar a sus relaciones en sus correrías sexuales –porque no se
les otorgaban otro valor– era un atrevimiento que no correspondía que
aceptáramos.
Cada
vez que yo intentaba armar algún tipo de defensa sobre sus actos –defensa que
en verdad me parecía algo que no debía tener lugar. ¿De qué era culpable, me preguntaba?–
las voces de ellas subían de tono y me acallaban, luego me fui hundiendo en el
sillón y comencé a beber en silencio. No creía lo que presenciaba. Nosotras,
que nos decíamos liberales en nuestro comportamiento, que declarábamos sin
pudor nuestras decisiones y apetencias, que no permitíamos que nadie creyera
que podía ir por encima de nuestra voluntad y emitir juicios sobre lo que no le
correspondía, ahora elegíamos linchar en privado a un amigo que había resuelto,
simplemente, hacer lo que deseaba, sin otra consideración que su libertad y su
deseo, junto a la determinación de la persona que en ese momento compartía la
noche con él.
Y para
atacar esta conducta apelábamos a argumentos que nos ligaban a lo que siempre
tildábamos de conceptos reaccionarios sobre propiedad y sobre el derecho de uno
sobre el otro. Nuestros padres, probablemente, hubieran considerado la
situación con una actitud y tolerancia que en ese comedor yo no percibía.
Ante un hecho aislado, nuestros juicios
estaban un paso atrás de nuestros actos. La vida, la verdadera vida que
estábamos llevando, aquélla que decíamos querer expresar en su plenitud, no se
correspondía con el molde al que pretendíamos limitar la de los otros.
4
Esa falta de acuerdo con Marga duró varios
días. Nos encontrábamos en la cocina, preparando algo, o nos íbamos al comedor
para ver alguna película y, de improviso, el tema regresaba para instalarse entre
ambas. No entendí bien por qué esto se hacía carne en ella. Su obsesión por
discutir mis ideas, no era una característica que le conociera. Sospecho que el
conflicto estaba en la situación de su hermano mayor, a quien en parte admiraba
pero que, extrañamente, siempre que tenía la oportunidad, enfrentaba a la vista
de los otros. Debía ser la única persona hacia quien demostraba algún afán de competencia.
Omar era
un hombre inteligente y emprendedor, que se había casado joven y que ahora, con
dos hijos y una mujer satisfecha de su rutina, parecía encontrarle cierto gusto
a la vida, que no estaba en consonancia con lo que su familia aguardaba de él para
sus treinta y pico de años. A Marga, en apariencia, en esa coyuntura le había
caído con agrado el papel de censora y de jueza, en el que se había instalado.
Un rol que no era propio de su personalidad, pero que ella aún no había
discutido lo suficiente consigo misma.
No iba a ser yo quien la hiciera entender lo
errado de su visión. Sólo debía hablarle desde lo que me trasmitía el presente
de su hermano, en ese hogar, con una mujer que parecía haber colmado su misión
en esta vida con la crianza de dos niños, y que no expresaba ningún inconformismo,
ni ambición, por menor que éste fuera. Agustina no era la pobre víctima que
Marga y su madre se esmeraban en presentar. No era culpable, ni víctima, sino
que compartía responsabilidades con Omar; pero en esa matemática de la pareja, ella
era la que no daba señales de vida. Y es normal que aquél que si las da, no se
quede de brazos cruzados.
5
Su relación conmigo le dio a Marga la
seguridad en la elección sexual de la que, hasta mi aparición, carecía. Eso
hizo predecible, de alguna manera, que en los primeros meses, cuando ya
vivíamos juntas y el núcleo de sus relaciones sabía de lo nuestro, ella
iniciara algún tipo de militancia a favor de los derechos de los homosexuales.
Comenzó a ir a marchas y a reuniones que se
realizaban en el local de una asamblea barrial. Allí concurría un nutrido grupo
de lesbianas que tenía experiencia en el activismo, y que no se quedaban atrás
en sus propuestas y en las acciones que tomaban. Por un tiempo, eso la atrajo.
Regresaba por la noche, tarde, luego de una asistencia casi perfecta y
sistemática, con la que de alguna forma intentaba expresar su compromiso hacia
otras personas y hacia ella misma. Llegaba a nuestra casa con las ideas
revueltas y se mantenía así, hablando, agitando las manos y los brazos,
arengando a un público imaginario, hasta entrada la madrugada. Yo la seguía
hasta donde podía, luego intentaba calmarla. Era hora de dormir. En breve comenzaría
una nueva jornada, con otro tipo de obligaciones.
Al margen de mis convicciones sobre la
libertad y la sexualidad de cada ser humano, sólo había participado en una
oportunidad de la celebración del día del orgullo gay. Fue en la segunda o la
tercera realización que se hizo en Buenos Aires, y no regresé nada convencida
de que ese tipo de manifestaciones sirviera, realmente, para algo más que para
excitarse en público y en masa; percibí aquello como una fiesta tribal, donde
sus miembros se reunían a los ojos de todos, para ventilar en público lo que era
propio de la intimidad. Ese ímpetu les generaba un entusiasmo del que mi sensibilidad
no era parte.
Consideraba que desde la forma misma como se
postulaba la homosexualidad y las declaraciones que rodeaban ese festejo, las consecuencias no eran la
integración desde el respeto a las diferencias, sino que la atención se ponía
en la brecha, y esto sólo lograba distinguirnos como isla y no conducía a que
nos realizáramos como integrantes de la sociedad a la que pertenecíamos. Años
después supe de la fiesta denominada Brandon
Gay Day, hacia la que siento algo similar.
No dejaban de ser formas de sectarismo, que
contribuían en su formulación primaria a lo que nosotras, desde otro ángulo,
rechazábamos.
A
diferencia de esto, lo que sí apreciaba en algunas de las mujeres que
participaban en la agrupación de la asamblea, era ese feminismo natural que
tenía directa relación con el carácter popular que habitaba esos sitios. Algo diferente
al feminismo de clase que cultivaban amigas lectoras de Simone de Beauvoir, que
parecían más interesadas en exhibir su erudición que en las cuestiones que nos concernían,
por las que se debía luchar o por las posiciones que debíamos mantener, más
allá de lo que yo entendía como un transitorio rechazo social. Si éramos las
que obrábamos vuelta y vuelta sobre
lo estipulado, debíamos tener los ojos abiertos para expulsar el resentimiento
y no ubicarnos en posiciones inversas pero simétricas, complementarias, a las que
tenían una mirada represora que nosotras censurábamos. La realidad es más
compleja.
6
Me desagrada el término adaptación, que la
existencia de los seres humanos deba acomodarse a patrones de conducta. Esas
nociones me producen asfixia; un ahogo que, aunque no sea físico, se refleja en
mi humor bajo las formas de la opresión o del desinterés. El desatino, el mal
gusto, son momentos. La corrección salvaje que nos domestica, si se hace carne,
no tiene salida.
Recuerdo
a Marita, su forma de caminar,
abriendo las piernas, sacando las rodillas hacia afuera, con las manos en los
bolsillos y los brazos colgando, con un gesto de desdén y provocación a un
mismo tiempo. Ésa era Marita, enojada
con sus padres y la gente, con un corazón que sólo se abría a nosotras, cuando
por la noche bebía más de lo habitual.
Creo
que sólo Marga y yo, junto a otras dos o tres amigas, éramos quienes la conocíamos
realmente. Ni siquiera su familia. Ellos eran los más ajenos a su verdad, por
revancha o por ignorancia, más allá de otras razones. Un día decidió irse y la
lloramos. Fue un impulso, un escape. Nadie habló demasiado, sobre el tema se
guardó un silencio sacro; era profano pronunciar su nombre o intentar hallar
alguna explicación por encima de la que percibíamos a flor de piel.
La marginalidad es una dialéctica. Para ser
uno de sus actores se debe haber ocupado los distintos roles al menos una vez.
Ése es el secreto. Quizá todo ser humano se precie con razón de que alguna vez
estuvo ahí. Marginó y fue marginado, fue marginado y marginó. No importa el
orden. La dialéctica acepta idas y vueltas, ascensos y descensos, cada síntesis
renueva los actores. La conciencia de esto es lo único que nos ayuda a cortar
el círculo y dar un portazo a los sectarismos de todo origen.
En otras palabras, el deseo de regresar a la celda se entiende porque fuera de ella se pierde lo esencial. En la cárcel se mantiene la ilusión de la libertad, fuera de ella no se tiene nada.
En otras palabras, el deseo de regresar a la celda se entiende porque fuera de ella se pierde lo esencial. En la cárcel se mantiene la ilusión de la libertad, fuera de ella no se tiene nada.
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sábado, 8 de noviembre de 2014
La diferencia 6
Me desagrada el término adaptación, que la existencia de los seres humanos deba acomodarse a patrones de conducta. Esas nociones me producen asfixia; un ahogo que, aunque no sea físico, se refleja en mi humor bajo las formas de la opresión o del desinterés. El desatino, el mal gusto, son momentos. La corrección salvaje que nos domestica, si se hace carne, no tiene salida.
Recuerdo a Marita, su forma de caminar, abriendo las piernas, sacando las rodillas hacia afuera, con las manos en los bolsillos y los brazos colgando, con un gesto de desdén y provocación a un mismo tiempo. Ésa era Marita, enojada con sus padres y la gente, con un corazón que sólo se abría a nosotras, cuando por la noche bebía más de lo habitual.
Creo que sólo Marga y yo, junto a otras dos o tres amigas, éramos quienes la conocíamos realmente. Ni siquiera su familia. Ellos eran los más ajenos a su verdad, por revancha o por ignorancia, más allá de otras razones. Un día decidió irse y la lloramos. Fue un impulso, un escape. Nadie habló demasiado, sobre el tema se guardó un silencio sacro; era profano pronunciar su nombre o intentar hallar alguna explicación por encima de la que percibíamos a flor de piel.
La marginalidad es una dialéctica. Para ser uno de sus actores se debe haber ocupado los distintos roles al menos una vez. Ése es el secreto. Quizá todo ser humano se precie con razón de que alguna vez estuvo ahí. Marginó y fue marginado, fue marginado y marginó. No importa el orden. La dialéctica acepta idas y vueltas, ascensos y descensos, cada síntesis renueva los actores. La conciencia de esto es lo único que nos ayuda a cortar el círculo y dar un portazo a los sectarismos de todo origen.
En otras palabras, el deseo de regresar a la celda se entiende porque fuera de ella se pierde lo esencial. En la cárcel se mantiene la ilusión de la libertad, fuera de ella no se tiene nada.
En otras palabras, el deseo de regresar a la celda se entiende porque fuera de ella se pierde lo esencial. En la cárcel se mantiene la ilusión de la libertad, fuera de ella no se tiene nada.
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viernes, 7 de noviembre de 2014
La diferencia 5
Su relación conmigo le dio a Marga la seguridad en la elección sexual de la que, hasta mi aparición, carecía. Eso hizo predecible, de alguna manera, que en los primeros meses, cuando ya vivíamos juntas y el núcleo de sus relaciones sabía de lo nuestro, ella iniciara algún tipo de militancia a favor de los derechos de los homosexuales.
Comenzó a ir a marchas y a reuniones que se realizaban en el local de una asamblea barrial. Allí concurría un nutrido grupo de lesbianas que tenía experiencia en el activismo, y que no se quedaban atrás en sus propuestas y en las acciones que tomaban. Por un tiempo, eso la atrajo. Regresaba por la noche, tarde, luego de una asistencia casi perfecta y sistemática, con la que de alguna forma intentaba expresar su compromiso hacia otras personas y hacia ella misma. Llegaba a nuestra casa con las ideas revueltas y se mantenía así, hablando, agitando las manos y los brazos, arengando a un público imaginario, hasta entrada la madrugada. Yo la seguía hasta donde podía, luego intentaba calmarla. Era hora de dormir. En breve comenzaría una nueva jornada, con otro tipo de obligaciones.
Al margen de mis convicciones sobre la libertad y la sexualidad de cada ser humano, sólo había participado en una oportunidad de la celebración del día del orgullo gay. Fue en la segunda o la tercera realización que se hizo en Buenos Aires, y no regresé nada convencida de que ese tipo de manifestaciones sirviera, realmente, para algo más que para excitarse en público y en masa; percibí aquello como una fiesta tribal, donde sus miembros se reunían a los ojos de todos, para ventilar en público lo que era propio de la intimidad. Ese ímpetu les generaba un entusiasmo del que mi sensibilidad no era parte.
Consideraba que desde la forma misma como se postulaba la homosexualidad y las declaraciones que rodeaban ese festejo, las consecuencias no eran la integración desde el respeto a las diferencias, sino que la atención se ponía en la brecha, y esto sólo lograba distinguirnos como isla y no conducía a que nos realizáramos como integrantes de la sociedad a la que pertenecíamos. Años después supe de la fiesta denominada Brandon Gay Day, hacia la que siento algo similar.
No dejaban de ser formas de sectarismo, que contribuían en su formulación primaria a lo que nosotras, desde otro ángulo, rechazábamos.
A diferencia de esto, lo que sí apreciaba en algunas de las mujeres que participaban en la agrupación de la asamblea, era ese feminismo natural que tenía directa relación con el carácter popular que habitaba esos sitios. Algo diferente al feminismo de clase que cultivaban amigas lectoras de Simone de Beauvoir, que parecían más interesadas en exhibir su erudición que en las cuestiones que nos concernían, por las que se debía luchar o por las posiciones que debíamos mantener, más allá de lo que yo entendía como un transitorio rechazo social. Si éramos las que obrábamos vuelta y vuelta sobre lo estipulado, debíamos tener los ojos abiertos para expulsar el resentimiento y no ubicarnos en posiciones inversas pero simétricas, complementarias, a las que tenían una mirada represora que nosotras censurábamos. La realidad es más compleja.
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jueves, 6 de noviembre de 2014
El castillo de los bichos Completo
El castillo de los bichos
1
Recuerdo la primera noche que me acompañó a
casa.
Recién haría dos o tres meses desde que había
decido dejar mi departamento y trasladarme a la antigua casona de mis padres.
Ellos habían fallecido en un accidente viniendo por la ruta 9, luego de unas
vacaciones en Córdoba. Heredera y única hija, tuve que enfrentarme a los peores
trámites en el momento más difícil. Pero no es de este dolor del que vengo a
hablarles. La casa estuvo vacía largos meses, hasta que decidí el regreso a
ella. Entre sus paredes sentí que ellos iban a estar más cerca de mí, de lo que
yo había sido y de lo que era.
Si bien en los últimos años me mostré algo
distante, siempre consideré la presencia de ambos esencial para mi vida. Las
decisiones trascendentes, tanto si eran sobre mis afectos o si estaban
referidas a mi carrera, las conversaba con ellos.
No digo que sus opiniones –esa visión que
ahora aprecio más cercana a la mía– no me interesaran; pero eso no era lo decisivo.
Al fin, yo procedía según lo que entendía correcto, haciendo a un lado lo que
me dijera el mundo. La clave era la compañía de ellos. Ese estar juntos era más
que una guía, que un manual de conducta, eso que desde aquel accidente se extravió
para siempre. Lo que extrañaba y me hacía falta, lo que sabía que nada lo remediaría
jamás.
Esa noche, Marga estaba conmigo. De alguna manera
aún era una niña, apenas pasaba los veinte años y en algunos gestos conservaba
un aire colegial. Era una noche de invierno, fría y ventosa. Había ido con el
auto, que recién me habían entregado esa semana, y se me ocurrió que, antes de
dirigirnos a la casa, realizáramos un breve recorrido por aquellas
construcciones, que para mí eran las más pintorescas y atractivas de Villa del
Parque. Veníamos del centro y fui contándole lo que sabía sobre Agronomía,
sobre el viejo Club Comunicaciones, sobre los antiguos bailes de carnaval,
hasta que con el coche tomé por Cuenca. La arteria principal de mi barrio
descansaba bajo sus árboles que, aún pobres en follaje, debido a la estación en
la que estábamos, cerraban la vista hacia las alturas, allí donde comenzaban
las casas de alto, por encima de los locales de la zona comercial. Ese diseño
urbano distinto a otros, siempre me había resultado una nota singular, que distinguía
a Villa del Parque del resto de los barrios y de otras zonas de la ciudad,
crecidas a otro ritmo desde los años de mi niñez y juventud.
Di una extraña vuelta y paré frente a la
estación del ferrocarril San Martín. Marga me comentó que nunca había estado por
acá. Ella era de zona Norte, y parecía que sus mayores travesías pasaban por
Avenida Cabildo y los viajes al centro, viajes en la mayoría de las ocasiones
por estudio o debido a su sistemática visita semanal a las exposiciones, sin
que importara el artista, la corriente o la técnica. Ella debía estar en los
estrenos, en las inauguraciones. Ver todo lo que había para ver. No quería
perderse la novedad, ni la historia. Hábito que la llevó a conocer más que a muchos
de nosotros juntos.
Salí
de Cuenca y giré por Tinogasta, para después de unas vueltas retomar por Pedro
Lozano. Quería llegar ahí. Estar en ese sitio, aunque no tenía claro el motivo.
Detuve el coche frente a la estación, en el cordón de la Parroquia Santa
Ana, frente a los locales que se desperdigaban a continuación de las
instalaciones de la estación de trenes. No sé por qué le empecé a contar de mis
domingos en la escuela, de la catequista, de los conciertos con los coros que
venían de otros colegios, de otras parroquias.
En un instante callé, vi que me miraba. Nada
de eso le interesaba, ése nunca había sido su mundo y hacía tiempo que tampoco
era el mío. Pero los pocos años que nos separaban y la historia personal, creaban
esa diferencia. Se me ocurrió hablarle de la fachada, de lo bien conservada que
estaba gracias a los trabajos constantes de restauración y mantenimiento, de
las graderías y del atrio, de esa arquitectura sagrada que enmudecía ante
nosotras. Entonces, con energía, exclamó:
– ¡Todas las iglesias son iguales! Ves una y
viste todas. –Respiró hondo y dio a mover las
manos, con rápidos ademanes. Estaba alterada.– Nunca les encontré algo llamativo, cuando entré a la primera sentí que
había ingresado a todas. Desde ese momento, ninguna me sorprendió ni despertó
mi interés.
Calló y me observó. Duró un instante y me
aproximé. Fue la primera vez que la besé a gusto. Nadie nos limitaba. Sólo vi a
un grupo de chicos que, por sus bolsos y ropa de gimnasia, parecían regresar de
un partido de fútbol. Iban a varios metros. La besé suavemente, cada vez con
mayor intensidad. Se recostó sobre su asiento. Recuerdo que me separé para
contemplarla. Adivinaba sus formas en la oscuridad, mientras mis manos
descubrían su cuerpo y su boca, que se abría a mi lengua y al ímpetu de mi
cuerpo que buscaba el suyo.
Encendí el auto, le arreglé el cabello. Percibí
su agitación. Decidí que era el momento de que fuéramos hacia mi casa. Era
tarde y la deseaba. Pero no quise dejar de mostrarle lo que de alguna manera
daba mayor prestigio a nuestro barrio, y seguí por Lozano hasta el cruce de
barreras de Campana. Giré el auto y lo estacioné frente a lo que desde pequeña
había oído llamar la casa embrujada, el
palacio de los bichos.
Le tomé una mano. Se hundió algo más en el
asiento. Creyó que volvería a besarla. Le pasé mi mano sobre el rostro y, aún
con la baja temperatura que hacía afuera, le dije que saliéramos, que tenía una
historia que contarle. Descendimos, me tomó del brazo y se apretó a mi cuerpo.
Por la hora y el frío, no había nadie merodeando.
2
Recuerdo que con mis compañeros de la
primaria, la mayoría de las veces, íbamos a las corridas hasta la puerta de ese
palacio en forma de castillo, con cuatro pisos que culminaban en un torreón y
una cúpula. Esa fachada, las paredes del interior y parte de la estructura, han
sido modificadas en más de una oportunidad. Cuando el ingeniero Muñoz González
–según cuenta la historia– lo terminó de construir, nadie sabe decir por qué
motivo, le dio un decorado extraño, con seres fantásticos pintados sobre los
muros y el paredón, que semejaban gárgolas, animales y otras fantasmagorías de
una procedencia acorde a lo que, posteriormente, caracterizó a ese lugar.
La única vez que logré ver su interior, fue a
causa de una anciana que abrió de golpe la puerta de madera que lo preservaba a
nuestros ojos, y vi hacia adentro. Una estatua de dragón, con un ojo de vidrio
coloreado, me observó desde el descanso de la escalera. Giré el rostro y caminé
cada vez más rápido hacia la esquina. No entiendo por qué me asusté tanto, el
portazo me hizo saltar en el aire, y todos salimos a la disparada.
A fines del siglo XIX y comienzos del XX,
nuestro país era otro con respecto al que fue en tiempos de las guerras civiles
y de la independencia, así como del que hace décadas se obstina en ir transformándose.
Más de la mitad de sus habitantes eran extranjeros o hijos de inmigrantes, que
vivían y confiaban en el trabajo y en el progreso. Era común que muchas de las
fortunas surgidas aquí rivalizaran con las europeas, y que los viajes de los
argentinos se esperaran con entusiasmo en el viejo continente. Hablo de un
periodo que engendró tantos aciertos como errores, y que nos fue constituyendo
como esta nación que somos.
En esa época, por este barrio, habitaba un
italiano, del que no sé si me llegó correctamente el nombre, pero bien pudo
haber sido Benvenutto Anasagasti. Era un próspero inversor que en pocos años
logró importantes ganancias, debido a sus negocios con la bolsa y el campo.
Habituado a su buena suerte, esa confianza lo inclinaba a lo que él denominaba pensar en grande. Esta inclinación lo
llevó a albergar su mayor ambición. Cuando su única hija, Margarita Anasagasti,
alcanzó la edad que él consideraba apropiada para que fuese desposada –con la
habilidad que lo caracterizaba en las transacciones comerciales– entendió que
debía presentarle un reducido número de pretendientes, de los cuales el que se
adelantara al resto lograría el corazón de la joven.
Una vez resuelta la justa, don Anasagasti, íntimo
de Evaristo Ortiz del Campo, padre del flamante doctor en leyes, no tuvo
inconvenientes en arreglar lo concerniente a los esponsales que unirían de por
vida a los enamorados. Estos se realizarían en el mes de octubre, el último fin
de semana del mes, y la fiesta tendría lugar en la residencia que años después
sería denominada el palacio de los bichos.
Dos versiones tratan y alteran el por qué de
la existencia de ese castillo en relación al casamiento. Una de ellas dice que
Don Benvenutto lo mandó a construir como dote de su querida y futura heredera,
otra dice que era su casa y que se usó porque de algún modo quería exhibir
socialmente su poderío ante los nuevos parientes y las amistades que
concurrirían a la mansión. A esa fiesta, de alguna manera, le correspondía, por
naturaleza, transformarse en un espectáculo social. A diferencia de la familia
Ortiz del Campo, a los Anasagasti les sobraba dinero, pero les faltaba eso que
se llama alcurnia. No eran parte de la sociedad a la que anhelaban integrarse.
Tampoco concuerdan estos relatos sobre si los
recién casados partieron con destino de viaje de bodas o si finalizada la
reunión, el viaje era, simplemente, con dirección a la que debió ser su nueva
casa. Ya nadie queda a quien interrogar y sólo restan preguntas que no hallarán
respuesta.
3
Por lo que a mi abuelo le contó su padre, la
noche no invitaba a nada. El día había sido lluvioso y la tormenta no amainó
hasta después de los sucesos. El tiempo había hecho que Don Anasagasti tuviera
que modificar algunos planes para la gran fiesta que iba a brindar en honor a
la flor de su vida, su amada Margarita. Pero las salas y dependencias del
palacio podían albergar sin inconvenientes a los selectos invitados que asistirían
al banquete.
Se hace difícil el relato de la fiesta. Sólo
nos queda imaginarnos las conversaciones, los entretenimientos, la orquesta
ejecutando la música de aquel tiempo, los jóvenes y los mayores haciendo, en
cada grupo, de las suyas; con un dejo de libertad los primeros, con mayores
pretensiones los segundos. Los seres humanos no hemos variado demasiado en
nuestros hábitos al momento de la diversión. Sólo agregamos un disfraz sobre
otro disfraz, una máscara sobre otra máscara. Dejamos la de ayer y tomamos la
de hoy, y cada máscara, cada disfraz, nos parecen nuevos.
Algo hizo, sin embargo, que las voces de esa
noche continuaran escuchándose.
Cuando los novios estaban por partir, un
poderoso destello cayó sobre el para-rayos de la cúpula, hizo tambalear la casa
y enmudeció por un instante a todos los concurrentes. Luego de eso, la orquesta
retomó el ritmo mientras la lluvia arreciaba fuera de la casa. El temor o un
presentimiento hicieron que el padre –sin ser consciente de lo que animaba sus
actos– intentara impedir que la pareja se retirara de la fiesta. Quiso
detenerlos, que permanecieran en la mansión. Era cuestión de aguardar un cuarto
de hora, tal vez algo más, no demasiado. Pero la algarabía que agitaba el humor
de los que festejaban a gritos, en medio de abrazos y brindis, los valses que
no cesaban de oírse, no le permitió a don Benvenutto sujetar el brazo de su
hija y hacerla a su lado, al menos por algunos minutos más, por esos instantes
que hicieron falta.
Alguien
por allí bromeó fuerte:
– ¡Don Anasagasti, ya no es suya! ¡Déjela ir,
hombre! –a lo que el italiano frunció el ceño,
pero no tuvo más opción que abrir sus manos y soltarla. La besó en la mejilla y
la trajo nuevamente hacia él, la abrazó con fuerza y luego los vio salir,
cubiertos por los sirvientes. El agua caía como si fuera un torrente desbocado
que se hacía camino sobre el barrio. Así arrancó el coche hacia las vías del
tren, apenas divisando el destino y el cruce de barreras.
Los invitados, rápidamente, ascendieron junto
a la familia hacia los pisos altos, cada uno donde podía, apretujados en los
balcones que daban hacia el exterior del palacio. Nadie deseaba perderse el
espectáculo de la partida. Sacaron sus pañuelos, las damas lloraban con una
pasión que se sospechaba extinguida, los caballeros reían mientras continuaban
bebiendo y se palmeaban los hombros y la espalda. Llevados por el alcohol, la
música y el baile, esa masa humana se había convertido en una fraternidad prolongaba
por el lapso que durara la fiesta. Todos observaban hacia el mismo sitio,
saludando, agitándose, moviéndose en la embriaguez de un solo cuerpo. Pero
nadie previó lo que sucedería, la tragedia que estaba en el aire.
Se oyó un ruido seco y profundo, un ruido de
caverna. Y la imagen fue un centello de luz que ilumina a todos y calla. Una
formación que venía desde el interior, con destino Retiro, atropelló el carruaje
nupcial que transportaba a los novios. Los tomó por el medio del coche,
despedazando los cuerpos y arrastrando los caballos, animales salvajes que
gemían como bestias. Alguno pudo zafar; enloquecido, huyó a la carrera.
Fue una
escena terrible contemplada desde las alturas del palacio por esa gente que un
instante antes levantaba sus brazos y pañuelos, vivando en la despedida a la
joven pareja.
La formación, debido a la velocidad que
traía, se detuvo recién cientos de metros adelante, sobrepasando la estación de
Villa del Parque, con dirección a La Paternal. Sobre la máquina quedaban restos de
ropa, sangre, y el horror que se había instalado entre los pasajeros que
regresaban a la ciudad, luego de un viaje de negocios o descanso.
Don Anasagasti cayó sobre la alfombra que
había hecho traer de Flandes, con una mano sobre la cara y un gesto de espanto,
que fue recordado por meses o años entre los que se encontraban a su lado.
Ante la desgracia mayor, nadie percibió que
la madre de Margarita, la señora Epifanía Della Bianca, ascendió en silencio
hacia el torreón del palacio. Desde esa altura se dejó caer hacia el patio
interno, golpeó una pierna contra un árbol y dio con la cabeza contra el pasto.
Un alarido acompañó el descenso. El cuerpo continuó moviéndose por minutos; se
agitaba con la boca abierta, rodeado de aquellos invitados que, inicialmente,
intentaron auxiliarla. Doña Epifanía murió el mismo día que su hija se casaba y
era atropellada por un tren.
4
El palacio fue clausurado. Fue la última
orden que, se sabe, dio ese italiano próspero, don Benvenutto Anasagasti, en su
paso por esta vida. Algunos dicen que después de eso se encerró en esas amplias
salas, alimentándose por semanas y meses, con los restos del mejor banquete que
supo organizar. Y, posteriormente, con lo que crecía o merodeaba en la casona. Otros
relatos que llegan de esa época comentan que, absolutamente alterado, vagó por
las calles de Villa de Parque durante años, loco, enajenado, viviendo en la
intemperie en los meses más crudos, como en los del bochorno del verano. Y que
dormía con la cabeza apoyada en el descanso de la entrada de la abandonada
edificación de la calle Campana, vistiendo con su ropa hecha harapos,
confundido con un pordiosero.
Algo de esto puede explicar por qué durante
años se veían luces o se oían ruidos dentro del palacio. Aunque a semejanza de
otras leyendas, ésta también es confusa y cambiante. Algunos agregan, como
elemento del relato, al niño que se perdió cuando penetró solo en esa mansión, tras
una pelota que había caído adentro. Sus compañeros de juego no lo siguieron. El
palacio despertaba el temor de un cementerio por la noche, y excitaba la
imaginación de aquellos que se le acercaban a sabiendas de su pasado.
A Pedro lo animaron a entrar en la casa,
cubierta por malezas y árboles enormes, que se alzaban hasta la segunda y
tercera planta. Pedro, con lágrimas en los ojos, se animó y trepó por la pared
que da al frente, cercano a la vía del tren. Una vez arriba giró el rostro y
vio a sus amigos. Saltó y se introdujo en ese paisaje silvestre. Ellos vieron
su figura, adelgazándose a la distancia, avanzar por el jardín hasta que giró
por detrás de la construcción. Nunca se supo más de él. Los chicos lo esperaron
durante horas, hasta que cayó el sol y debieron regresar a sus casas. Pedro
había pateado la pelota y fue a buscarla. Él debía ser quien hiciera el
rescate. No se animaron a contárselo a la familia hasta el tercer día.
Por décadas, no importa el dueño que
circunstancialmente adquiriera el palacio
de los bichos, nadie fue capaz de ingresar en la cúpula que corona la edificación.
Por la escalera casi derruida, con agujeros donde penetra un pie, se llegaba a
la puerta de entrada. El olor a excrementos y un ruido ensordecedor, que crecía
con la cercanía humana, hacían dificultoso pasar ese obstáculo y entrar en
ella. Adentro, cientos de lechuzas parecían hacer presión sobre la puerta y no
permitir que nadie transgrediera ese ámbito. Se llegó a rumorear que el viejo
Anasagasti, ya anciano, se dejó morir ahí arriba, y que su cuerpo fue comido
por estas aves, que se los disputaban con las ratas y otras alimañas, para
sobrevivir en ese páramo instalado en las alturas.
Las lechuzas, muchos años después del
accidente, fueron extinguiéndose en la zona. Sólo quedaron algunos murciélagos
propios de los árboles de la zona del ferrocarril y de las antiguas
construcciones del barrio. O tal vez eran los edificios, que traían sus propios
fantasmas. Una fuente de energía los invitaba y guiaba hacia el palacio,
dilecto lugar de reunión de lo extraño y numinoso.
Después de la tragedia, mucha gente lo habitó,
pero aún hay quienes dicen que cuando se acerca la fecha del casamiento se ve a
Margarita Anasagasti, con su vestido de novia, paseándose por el torreón, con
la vista perdida hacia el oeste, y que, al sonido del primer tren que se
acerca, una mueca de terror le gana el rostro. Algunos murmuran que en los
aniversarios del día de la boda, los espectros de los recién casados andan por
las vías, a horas de la madrugada, como buscando algo perdido, algo que no
encuentran ni jamás ha sido observado por un ser vivo.
5
Le fui contando esas historias, mientras el
frío de la madrugada nos congelaba. Y por instinto, nos abrazamos; buscábamos
conservar ese calor que se esfumaba con la noche, queríamos estar juntas.
Paradas en la vereda, estábamos a pocas cuadras de mi casa, expuestas a la
mirada del mundo, de alguna luz que encendiera una ventana, de un auto o tren
que batiera el silencio; pero yo no prestaba atención. Lo mío era la alegría,
una felicidad que nos habitaba. La alegría de que ella estuviera a mi lado, por
esos pasajes, a esa altura de la noche, en ése que era mi barrio, al que había
regresado hace pocos meses y en el que ahora paseaba en esa nostalgia, y en su
compañía, por mi infancia, mis recuerdos, mis calles, mis casas de brujo.
Quedamos juntas, apretadas contra el pilar
que está al lado de la entrada. Se apoyó en la pared y nos besamos, nos
comenzamos a acariciar presintiendo que íbamos a continuar juntas el resto de
nuestras vidas. Creo que allí se inició, realmente, lo nuestro, que ese fue el
primer beso de nuestra relación, el que de alguna manera selló un pacto al que
nunca le pusimos palabras, el que sentíamos que fundía a una con la otra.
Pasé mis manos sobre su cuerpo, las deslicé
entre sus piernas, abiertas, tocando su sexo a través del pantalón,
acariciándolo como si palpara su piel, sus labios. La tomé de la cabeza, nos
movíamos como si estuviéramos tendidas en una cama. Sus pechos estaban
erizados, los sentí debajo de la blusa y los rocé con los míos. Nuestras bocas
no se separaban. Entre besos cortos y besos largos, la deseaba intensamente,
con un deseo que no sólo era amor, que no sólo era deseo, que también era satisfacción,
llegada, destino. Era una sensación única por la que jamás había pasado.
En eso oí ruidos que venían de la planta
baja, también noté que se encendían luces en el segundo piso y se movían las
cortinas que cubrían una ventana. Me separé apenas, me costaba, dolía alejarla
de mi cuerpo. Le murmuré que nos fuéramos. En esa noche, nosotras parecíamos
los fantasmas en la entrada del castillo embrujado. Un eco de voces detrás de
nosotras nos despedía. El hechizo o la maldición, que daba fama a ese palacio,
continuaría su historia, pero lejos de nosotras.
Subimos al auto y fuimos hacia mi casa, que
desde ese día también fue la de ella. Atravesamos la entrada, las habitaciones,
hasta caer en la cama. Nos desnudamos y permanecimos amándonos hasta el alba.
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