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lunes, 10 de noviembre de 2014

Primeros tres capítulos completos







Hoy en "Amor en Baires" no subimos nada nuevo, para dar tiempo a los que no leyeron aún todo el material de la novela subido hasta aquí a que se pongan al día, si les interesa la propuesta.

Por eso, insistimos con la información de los links donde está completo cada capítulo de los 3 divulgados, más el del Plan de obra, para que tengan información general sobre la historia de amor de Leda y Marga.

Plan de la obra: 
http://amorenbaires.blogspot.com.ar/2014/10/amor-en-baires-una-novela-de-hector.html

Capítulo 1 – Entrada al jardín:
http://amorenbaires.blogspot.com.ar/2014/10/entrada-al-jardin-capitulo-completo.html

Capítulo 2 – El castillo de los bichos:
http://amorenbaires.blogspot.com.ar/2014/11/el-castillo-de-los-bichos-completo_6.html

Capítulo 3 – La diferencia:
http://amorenbaires.blogspot.com.ar/2014/11/la-diferencia-completo.html




miércoles, 5 de noviembre de 2014

La diferencia 3








3


En los primeros tiempos de nuestra relación existían temas en los que abiertamente discrepábamos. Me refiero a cuestiones relativas a lo que, irónicamente, denominábamos nuestra condición o la diferencia.
Recuerdo la discusión que surgió en una reunión realizada en la casa de unas amigas. Raquel y Lucía habían alquilado un amplio departamento en Almagro y, para inaugurarlo, invitaron a gente que provenía un poco de todas partes. Lo vivían como una presentación en sociedad. Por momentos pensé que había demasiada gente, mucho ruido, poco sitio donde acomodarse. Algunos iban y venían, bebiendo de más, comiendo lo que estaba a mano y haciendo bromas que se tornaban pesadas.
Con las horas, el clima se fue haciendo más tranquilo y agradable. Pero el cruce final se desató debido a la situación de un amigo de Raquel. Él había concurrido junto a una chica que no sólo era joven, sino que también era muy linda. Promediada la fiesta cuando recién supe que ella era su amante, una relación que se había iniciado algunas semanas antes. Quizá Pablo también sintió un deseo semejante al de las dueñas de casa y cedió a la tentación de exhibirse en público, cuando la norma es el secreto y la discreción. Y no midió esto, o no le interesó hacerlo, siendo que una de las cosas que menos soporta nuestra sociedad es el desparpajo, la elocuente insolencia ante las normas que fijan nuestras conductas.

La reunión transcurrió con normalidad, pero cuando se retiró la mayoría de los invitados, quedó lo que conformaba el grupo selecto: las anfitrionas, nosotras y dos conocidas más, que no me despertaban ninguna simpatía.
Ya en confianza, el velo de éste y otros temas se corrió con naturalidad. Sin habernos percatado, como si la ocasión nos hubiera llevado de las narices, no encontramos hablando de lo que, realmente, parecía interesarnos, lejos ya de los comentarios de ocasión y de las intervenciones pasajeras.
Marga y el resto –salvo Ernestina, que nunca supo qué decir sobre cualquier tema que se tratara– coincidieron en la condena sobre el comportamiento de Pablo. Se podía tolerar que él tuviera sus cosas por ahí, pero involucrar a sus relaciones en sus correrías sexuales –porque no se les otorgaban otro valor– era un atrevimiento que no correspondía que aceptáramos.
Cada vez que yo intentaba armar algún tipo de defensa sobre sus actos –defensa que en verdad me parecía algo que no debía tener lugar. ¿De qué era culpable, me preguntaba?– las voces de ellas subían de tono y me acallaban, luego me fui hundiendo en el sillón y comencé a beber en silencio. No creía lo que presenciaba. Nosotras, que nos decíamos liberales en nuestro comportamiento, que declarábamos sin pudor nuestras decisiones y apetencias, que no permitíamos que nadie creyera que podía ir por encima de nuestra voluntad y emitir juicios sobre lo que no le correspondía, ahora elegíamos linchar en privado a un amigo que había resuelto, simplemente, hacer lo que deseaba, sin otra consideración que su libertad y su deseo, junto a la determinación de la persona que en ese momento compartía la noche con él.
Y para atacar esta conducta apelábamos a argumentos que nos ligaban a lo que siempre tildábamos de conceptos reaccionarios sobre propiedad y sobre el derecho de uno sobre el otro. Nuestros padres, probablemente, hubieran considerado la situación con una actitud y tolerancia que en ese comedor yo no percibía.
Ante un hecho aislado, nuestros juicios estaban un paso atrás de nuestros actos. La vida, la verdadera vida que estábamos llevando, aquélla que decíamos querer expresar en su plenitud, no se correspondía con el molde al que pretendíamos limitar la de los otros.




martes, 4 de noviembre de 2014

La diferencia 2








2


  Hasta el día en que conocí a Marga, creí que ya no había nada especial que esperar, que ninguna fantasía de las que pudiera haber cobijado en mi juventud tendría oportunidad de realizarse. Con su presencia y su compañía, ella me devolvió las ilusiones, ésas que habían quedado dentro de un antiguo cajón, guardadas, escondidas o arrebatadas. Su mirada bastaba para que rescatara del olvido esa sustancia, el verdadero armazón y los elementos de los que estoy hecha.



  En el período anterior a su llegada –en el que abundaron relaciones pasajeras, algunas de las cuales, en sus comienzos, llegaron a parecer otra cosa– sabía que en esos affaires no hallaría atributos legítimos para construir nada que no fuera más que una suma de encuentros. Esos afectos menores, ese interés sexual limitado, se agotaban rápidamente, sin que se alcanzase la intensidad que la intimidad con Marga fue capaz de brindarme. Con ella, el deseo sexual estaba al mismo nivel que las pasiones que despertaba.


lunes, 3 de noviembre de 2014

La diferencia 1



La diferencia






1


Por las noches, me gustaba recostar mi cabeza sobre su cuerpo. En los días de calor, se me hacía que su piel irradiaba un fresco que me aliviaba del sopor y del cansancio del día.
Ella se quedaba quieta, estirada y callada, a lo largo de la cama. Apenas sentía su respiración. Entonces apoyaba mi rostro sobre su estómago, rozando sus pechos con mis cabellos, y percibía su mano que, lentamente, iba acariciándolos. Su movimiento era como si los peinara, y yo me iba sumergiendo en el sueño, con una paz de niña, hasta que oía su voz que me llamaba desde lejos.

– ¡Leda! ¿Estás ahí? ¡Volvé, no te vayas, Leda, no me dejes! –Le agradaba jugar. – ¡No te vayas tan rápido!

Lo decía riendo, con picardía. Y yo regresaba consciente a ese lecho, y la sentía deslizarse sobre mi cuerpo. Me dejaba hacer, ella experimentaba las formas de su deseo, penetrando los pliegues de mi interior. Se iban abriendo y exhibían lo íntimo que hay en mí.

Estaban lejos esos días de asfixia en los que quería exclamar que todo mi cuerpo era sexo. No mis manos, mis pechos, mis piernas, no mi vagina, mis muslos, mi clítoris, mi vulva, sino todo mi cuerpo en su recorrido público y secreto. Necesitaba sentir en mi integridad la satisfacción absoluta de mi deseo. Mi mente era una piel erizada que devoraba el mundo en el que vivía y lo transformaba en apetencia. Era el potente estímulo que impulsaba mi persona. En esos días, estaba dispuesta a luchar para que los límites externos, que se habían hecho carne en mí, se extinguieran o se extirparan como se arranca una planta de raíz.
Los cambios no fueron de un día al otro, de un mes o año al otro; fue largo el proceso. No dependía de lo que hiciera con mi vida, sino  de cómo me percibía a mí misma. El modelo erótico que habían introducido en mi cabeza sin suerte, por cierto luchaba por salir al exterior, al menos como síntoma y culpa. Me decía que yo me había desviado, pero me lo decía desde su silencio y astucia. Susurraba que algo falta; ¿qué falta?, le respondía yo. Nada faltaba, el mundo, como yo lo sentía, estaba en su lugar.

Yo no llegaba a la mujer por malas experiencias con ellos, lo mío era preferencia genuina. No debía pasar por ninguna cura ni tomar el atajo de un hombre, que como un decorado disfrazara mi existencia. Ni había caído en el mal hábito, que algunas amigas transitaron, de inventarse historias para contentar a un enorme público –ajeno a los sentimientos propios– que se ubicaba hipócrita del lado opuesto al escenario sobre el que transcurre la existencia. Historias para los otros que en ocasiones ellas terminaron creyéndose. Formas de la invisibilidad que no eran más que una máscara de la degradación.

En esos días me iba muchas veces a caminar por la ciudad, sola. Me hablaba, intentaba comprenderme, incluso regañándome, si eso me parecía necesario. No me era sencillo tomar esa actitud desafiante y presentarme ante el mundo, simplemente, como un ser humano que no debe demostrar nada a nadie, que decide vivir de acuerdo a sus elecciones y hace su vida a expensas de todo. Intentaba distintos caminos, balbuceaba diferentes maneras de abrirme. Llegué a trazar paralelos, que ahora me dan entre risa y curiosidad por aquella joven que yo era en esos años.
Me decía que los personajes de un escritor suelen moverse dentro de los límites que dispone su creador. Que si bien eso no ocurre siempre, es lo habitual, y que aun cuando el autor reniegue de esto, la dependencia se impone en su obra. Una dependencia que él ha creado, consciente o inconscientemente, gracias a un oficio que cultiva, aun cuando parece estar dedicado a cuestiones ajenas a ese arte. Esa dependencia, entre creador y personajes, se me figuraba una relación semejante a la que existe entre nuestras ideas y nuestros actos. Por eso me planteaba que el mejor ejercicio que podía realizar, en vías de transformar mi existencia, era el trabajo continuo sobre mis creencias y mis juicios acerca de la realidad, de quién era y de lo qué pretendía para mi vida.
En mis reflexiones, no había teoría literaria ni nada semejante, sólo improvisaciones que me llevaban de una orilla a la otra, una barcaza presa de un itinerario provisorio, que debía ser cincelado sin pausa. Me venía el recuerdo de tardes en las que me fui adiestrando en el uso de materiales, inicialmente, ajenos a mí y que con el tiempo lograron interpretarme.

Luego de ese sermoneo, regresaba a lo que era mi hogar. Cada vez con mayor fuerza y resolución. Así me fui constituyendo en quien ahora soy, y se fueron sucediendo las escenas que sumadas, una a la otra, conforman la obra en la que aparezco como la protagonista principal. A veces una comedia, otras un drama, con ínfulas de tragedia, pero siempre tras un destino que expresa la convicción que llevo dentro.



sábado, 1 de noviembre de 2014

Entrada al jardín Completo en PDF





Desde el siguiente link se puede bajar el capítulo Entrada al jardín completo, en PDF. El mismo contiene texto e ilustraciones tal como aparece en los links anteriores.

Cada capítulo será subido en PDF en forma íntegra luego de la salida completa por este blog.

https://drive.google.com/file/d/0Bwd8FAP0BCouQ195T2hKMUsyQlk/view?usp=sharing



miércoles, 29 de octubre de 2014

Entrada al jardín Capítulo Completo



Entrada al jardín





1



Hay una voz que en sueños me repite las mismas palabras. Si éstas cambian, el sentido no varía. Me dice que hay que estar alerta, que la atención mayor debe estar dirigida a que los días de nuestra existencia no se vayan pareciendo unos a otros; que no deben perder su color, extraviarse en una superficie donde la mano no percibe más que un tejido liso, una trama opaca. Que cada día debe ser distinto al anterior. Debemos ser capaces de diferenciarlos, no debemos resignarnos a lo turbio ni a lo gris, a lo que extravía el nombre. Si eso no sucede, si ninguna seña, rasgo o emblema, se hace notorio, y si en esa sucesión indefinida dejamos de discernir las formas del tiempo, aunque no lo sepamos, si eso ocurre, es porque hemos muerto.
No importa que el cuerpo respire. Eso es un detalle. La que no respira es el alma, porque nos han robado los días y con los días se llevaron el resplandor de la noche, la sombra que trae consigo el sol.

No despierto. Nunca despierto después de oír esa voz. A veces es la voz de una mujer, otras la de un hombre. Sigo durmiendo y soñando. Sé que lo hago, aunque no siempre recuerde lo sucedido. Pero sé que mi mente, o lo que sea que está en mí, me retiene en ese país del sueño. El mensaje proviene de mi interior, no hay duda. Es lo que necesito que me digan, que al menos me susurren y –como nadie sabe esto, como parece que a nadie le interesa– soy yo quien se aviene a mi encuentro y me confiesa esa verdad.

No sé dónde he estado. Dónde ha estado nadie. Dónde estuvieron los otros. No sé si lo que ha sucedido era lo correcto, si al menos es bueno para alguien o si a alguien le ha servido. Pero sé que ha sido así y que ya no será de otro modo.
Cada día debe tener su propia luz, su rostro, su huella; esa marca que lo haga único, que lo ilumine. No debo entregarme a una sucesión indefinida de formas idénticas que desfilan ante mí y ante lo que amo. La creación es la tierra sin límites que nos sana.
Quizá lo sabía desde chica, quizá me lo han enseñado de pequeña y lo olvidé y ahora recupero la sabiduría perdida. No sé. En las noches duermo y oigo esa voz.
Querría dormir tu sueño ahora y que la oyéramos juntas. No sé qué tan lejos o cerca permaneces. Ése es mi deseo en esta hora, que oigamos esa voz, juntas. Sólo necesitaba confesártelo, enamorada.



2





Me crié acá, en esta antigua casona de Villa del Parque. Crecí mirando desde esta ventana los mismos árboles que ahora observo. El pino que se eleva alto, como si nada pudiera evitar su ascenso, en la cercanía de lo que era la casa de Doña Antonia y Don Gervasio, y que hace años se ha convertido en un edificio de varias plantas, que nos mezquina la luz. Ahí están el limonero y el naranjo del fondo, cerca de lo que fue mi cuarto propio; no mi dormitorio, mi dormitorio quedaba a metros de donde estoy ahora.
Recuerdo a papá los domingos observando como estaban sus troncos –así los llamaba, así nombraba a los árboles–, purgándolos de las pestes, de los bichos y de las hormigas. Y veo a mamá cerca de las plantas. Les dedicaba horas todos los días. Ella no trabajaba. Sólo daba clases de piano a dos o tres alumnas. Era un gusto. Decía que la mantenían activa.
El tiempo transcurría en esta tierra, entre estas altas paredes, con muebles macizos, fuertes, con una vajilla que nadie recordaba quién la había adquirido, con manteles bordados, con copas de cristal, con cuadros y gobelinos distribuidos a los costados y sobre la pared de la gran sala, frente al espejo que todo lo veía.
A veces, de pequeña, creí que nosotros sólo éramos siluetas, personajes, que el espejo soñaba para su divertimento y distracción. Ahí aparecíamos y nos esfumábamos a la hora de la comida, en las reuniones, cuando algo importante debía tratarse. Sus límites eran los límites de la familia en pleno. Con los años supe que no, que afuera también estaba la vida. Aunque esa idea de ser sólo un reflejo, una superficie incompleta, de alguna manera debe haber crecido y se debe de haber desarrollado en mi interior.

La ventana es la misma. Cuando la casa fue remodelada sólo se limpió de la madera las capas de pintura que se habían ido superponiendo. Me agrada como quedó, al natural. Apenas con una mano de barniz que la defiende de la intemperie, de la lluvia, del aire y del sol.
La acaricio como si fuera un juego. Vuelvo mi mano sobre esa superficie una y otra vez. La trato como si fuera un cuerpo al que amo y he amado siempre.
Miraba hacia el jardín y sobre el marco fui grabando iniciales mayúsculas. Esculpí una M grande como sus ojos, una R que no sé si es recuerdo o soledad, y una L que puede ser mi nombre u otra cosa. Otra cifra, una clave. No sé por qué lo fui haciendo. No haría eso. Nunca he hecho algo semejante a lo que ahora hago.

Parece que esos pájaros que cantan son los mismos de aquel entonces, que no han partido nunca, que el jardín les ha otorgado una inmortalidad a la que muchos seres humanos aspiramos. El sol crea un reflejo dorado en ese mundo vegetal, y sonrío, como si fuera feliz.
Dejo a un lado el buril, una espátula y este pequeño martillo con los que he trabajado, y me friego los ojos. Siento un leve cansancio que me recorre el cuerpo, pero a la vez ese cansancio me relaja.

Distraída, me interrogo a mí misma porque necesito saber qué es lo que hace que llevemos tanta ruina dentro de nosotros. De que no perdure lo que consideramos valioso y sin embargo lo otro resista la mudanza, los cambios que esta danza de la muerte esparce igualando.

Da la impresión de que en horas comenzará a llover. El aire está caldeado, es más espeso, más denso que en otros días. Cuesta respirar. Cuando esto sucede percibimos aquello hacia lo que habitualmente somos indiferentes. Sin embargo, eso siempre está sucediendo. No se detiene, lo que se detiene es nuestra percepción.

Vienen a la memoria tardes en que llevo puesto un vestido con flores. Marga las ha pintado a mano. Son motivos eslavos, tonos pasteles y alegres. En un sitio se une la filigrana que logró su mano y en otro se separa. Cuando me pongo ese vestido me da por bailar en la sala, sin música, a bailar sola. La obediencia a un ritmo externo me afectaría. Sería una prisión, no sería la libertad. Bailo mi música, eso es lo que bailo. Danzo e imagino diálogos. Y de repente me detengo, me siento sobre la alfombra y me estiro a lo largo de ella, me recuesto hasta tocar con la cabeza la madera de un mueble, una silla, las patas de una mesa. No importa qué mueble es, no importa dónde me he dejado caer. Y siento que el mundo retorna. Y retorno a ese juego al que no le he puesto nombre y no he compartido, no por avaricia, ni por incapacidad, sino porque no me pertenece, es una magia en la que me sumerjo, en la que me dejo ir, aunque esa magia no sea mía. Yo no soy la que decide. Surge de mí, pero es ella la que esparce en mi cuerpo su dominio.
Quizá no sea suficiente lo que digo. No debería confesarse ni siquiera esto. También es parte del misterio abrir los labios frente al espejo y verse como nadie nos ha visto.

Hoy no me he puesto el vestido que en esa primavera pintaste para mí. Sólo miró hacia el jardín, aguardando que la lluvia, con su cuerpo de agua, diluya y se lleve consigo lo que está en el aire. Hoy sólo espero, hoy no bailo, hoy no es uno de esos días.




3





La primera imagen que conservo de vos es la de tu rostro, en una tarde de aquel verano. Llovía y entraste empapada al salón que daba al jardín, el de los grandes ventanales. Era sábado y estábamos reunidos en la casa de Jorge, para tratar no sé qué tema sobre las modificaciones en el edificio de Artes. Quizá fuera una excusa para que comiéramos algo entre todos, y que cada uno hiciera gala de sus trabajos y de sus proyectos. Ésa era en parte nuestra forma de ser. Encerrados en nuestra rutina, nos considerábamos especiales, distintos al resto de las personas. Nadie lo proclamaba abiertamente, pero lo exhibíamos en nuestras frases y en nuestros hábitos, en la manera cómo nos referíamos a lo que no pertenecía a nuestro universo.

Me volví cuando oí abrirse la puerta de la sala. Te observé. Sacudías el agua de tu pelo y de tu ropa. Te pasabas una mano con ligereza, y los cabellos se te venían encima. Volvías a lo mismo, y parecía que no ibas a poder salir de ese aguacero que se te había pegado al cuerpo. Estabas hermosa. No dejé de mirarte aún cuando el resto de los que estábamos ahí continuaba hablando y moviéndose, con otras preocupaciones, mencionando aulas, números, paredes, nombrando colores, objetos que ya nada significaban para nosotras. Me estabas mirando. Lo presentí.

Cuando cesó ese chaparrón, por un momento dejamos nuestros lugares y fuimos en grupo hacia afuera. Los arabescos de las copas mitigaban la luz del sol, que regresaba con mayor intensidad. La vegetación aislaba el aire que envolvía a los que permanecíamos en ese corredor, entre los rosales y las otras plantas.
No intercambiamos demasiadas palabras. Las justas, las precisas. Creo que a lo largo de estos años siempre fue así. Nunca fuimos de hablar de más. Nuestros silencios a veces eran de días, semanas; tal vez por eso ahora no percibo la diferencia. Estás a mi lado, yo cada tanto digo alguna tontera, irrumpo en risas, te comento algo, y el día continúa con su rutina, con su luz y sus sombras.
Pero esa tarde me atreví a tocar tu mano cuando sujetabas una correa gastada que caía hacia las baldosas rojizas. Te quedaste quieta, giraste apenas el rostro y vi tus ojos. Creo que fue la primera vez que te llamé por tu nombre.

En este estado sé que no soy capaz de apreciar las diferencias entre ese ayer y hoy. Un leve frío, por instantes, me recorre el cuerpo cuando me animo a dar un paso hacia adelante. Es la sensación de que algo que está entre nosotras se delata, que quiere hablarme. Y simulo que eso no debe ser dicho, que no es el momento, que ese frío en mi espalda, en mi cuerpo, en todo mi cuerpo, debe retirarse a una tierra que no es ésta, porque vos estás ahí, estás a mi lado, y tengo mucho que contarte, mucho, y no conozco el tiempo que nos queda, y no sé si algo que provenga de mí puede dar un paso a favor en la batalla que nos sujeta.

Vengo de un mundo. Voy hacia otro. Y en ambos extremos mi deseo es hallarte. Te descubrí una tarde de estío en que tu nombre aún no era nada para mí y volveré a encontrarte.



El castillo de los bichos 1




El castillo de los bichos







1



Recuerdo la primera noche que me acompañó a casa.
Recién haría dos o tres meses desde que había decido dejar mi departamento y trasladarme a la antigua casona de mis padres. Ellos habían fallecido en un accidente viniendo por la ruta 9, luego de unas vacaciones en Córdoba. Heredera y única hija, tuve que enfrentarme a los peores trámites en el momento más difícil. Pero no es de este dolor del que vengo a hablarles. La casa estuvo vacía largos meses, hasta que decidí el regreso a ella. Entre sus paredes sentí que ellos iban a estar más cerca de mí, de lo que yo había sido y de lo que era.
Si bien en los últimos años me mostré algo distante, siempre consideré la presencia de ambos esencial para mi vida. Las decisiones trascendentes, tanto si eran sobre mis afectos o si estaban referidas a mi carrera, las conversaba con ellos.
No digo que sus opiniones –esa visión que ahora aprecio más cercana a la mía– no me interesaran; pero eso no era lo decisivo. Al fin, yo procedía según lo que entendía correcto, haciendo a un lado lo que me dijera el mundo. La clave era la compañía de ellos. Ese estar juntos era más que una guía, que un manual de conducta, eso que desde aquel accidente se extravió para siempre. Lo que extrañaba y me hacía falta, lo que sabía que nada lo remediaría jamás.


Esa noche, Marga estaba conmigo. De alguna manera aún era una niña, apenas pasaba los veinte años y en algunos gestos conservaba un aire colegial. Era una noche de invierno, fría y ventosa. Había ido con el auto, que recién me habían entregado esa semana, y se me ocurrió que, antes de dirigirnos a la casa, realizáramos un breve recorrido por aquellas construcciones, que para mí eran las más pintorescas y atractivas de Villa del Parque. Veníamos del centro y fui contándole lo que sabía sobre Agronomía, sobre el viejo Club Comunicaciones, sobre los antiguos bailes de carnaval, hasta que con el coche tomé por Cuenca. La arteria principal de mi barrio descansaba bajo sus árboles que, aún pobres en follaje, debido a la estación en la que estábamos, cerraban la vista hacia las alturas, allí donde comenzaban las casas de alto, por encima de los locales de la zona comercial. Ese diseño urbano distinto a otros, siempre me había resultado una nota singular, que distinguía a Villa del Parque del resto de los barrios y de otras zonas de la ciudad, crecidas a otro ritmo desde los años de mi niñez y juventud.

Di una extraña vuelta y paré frente a la estación del ferrocarril San Martín. Marga me comentó que nunca había estado por acá. Ella era de zona Norte, y parecía que sus mayores travesías pasaban por Avenida Cabildo y los viajes al centro, viajes en la mayoría de las ocasiones por estudio o debido a su sistemática visita semanal a las exposiciones, sin que importara el artista, la corriente o la técnica. Ella debía estar en los estrenos, en las inauguraciones. Ver todo lo que había para ver. No quería perderse la novedad, ni la historia. Hábito que la llevó a conocer más que a muchos de nosotros juntos.

Salí de Cuenca y giré por Tinogasta, para después de unas vueltas retomar por Pedro Lozano. Quería llegar ahí. Estar en ese sitio, aunque no tenía claro el motivo. Detuve el coche frente a la estación, en el cordón de la Parroquia Santa Ana, frente a los locales que se desperdigaban a continuación de las instalaciones de la estación de trenes. No sé por qué le empecé a contar de mis domingos en la escuela, de la catequista, de los conciertos con los coros que venían de otros colegios, de otras parroquias.
En un instante callé, vi que me miraba. Nada de eso le interesaba, ése nunca había sido su mundo y hacía tiempo que tampoco era el mío. Pero los pocos años que nos separaban y la historia personal, creaban esa diferencia. Se me ocurrió hablarle de la fachada, de lo bien conservada que estaba gracias a los trabajos constantes de restauración y mantenimiento, de las graderías y del atrio, de esa arquitectura sagrada que enmudecía ante nosotras. Entonces, con energía, exclamó:

  – ¡Todas las iglesias son iguales! Ves una y viste todas. –Respiró hondo y dio a mover las manos, con rápidos ademanes. Estaba alterada.– Nunca les encontré algo llamativo, cuando entré a la primera sentí que había ingresado a todas. Desde ese momento, ninguna me sorprendió ni despertó mi interés.

  Calló y me observó. Duró un instante y me aproximé. Fue la primera vez que la besé a gusto. Nadie nos limitaba. Sólo vi a un grupo de chicos que, por sus bolsos y ropa de gimnasia, parecían regresar de un partido de fútbol. Iban a varios metros. La besé suavemente, cada vez con mayor intensidad. Se recostó sobre su asiento. Recuerdo que me separé para contemplarla. Adivinaba sus formas en la oscuridad, mientras mis manos descubrían su cuerpo y su boca, que se abría a mi lengua y al ímpetu de mi cuerpo que buscaba el suyo.
  Encendí el auto, le arreglé el cabello. Percibí su agitación. Decidí que era el momento de que fuéramos hacia mi casa. Era tarde y la deseaba. Pero no quise dejar de mostrarle lo que de alguna manera daba mayor prestigio a nuestro barrio, y seguí por Lozano hasta el cruce de barreras de Campana. Giré el auto y lo estacioné frente a lo que desde pequeña había oído llamar la casa embrujada, el palacio de los bichos.
  Le tomé una mano. Se hundió algo más en el asiento. Creyó que volvería a besarla. Le pasé mi mano sobre el rostro y, aún con la baja temperatura que hacía afuera, le dije que saliéramos, que tenía una historia que contarle. Descendimos, me tomó del brazo y se apretó a mi cuerpo. Por la hora y el frío, no había nadie merodeando.




martes, 28 de octubre de 2014

Entrada al jardín 3




Entrada al jardín





3



La primera imagen que conservo de vos es la de tu rostro, en una tarde de aquel verano. Llovía y entraste empapada al salón que daba al jardín, el de los grandes ventanales. Era sábado y estábamos reunidos en la casa de Jorge, para tratar no sé qué tema sobre las modificaciones en el edificio de Artes. Quizá fuera una excusa para que comiéramos algo entre todos, y que cada uno hiciera gala de sus trabajos y de sus proyectos. Ésa era en parte nuestra forma de ser. Encerrados en nuestra rutina, nos considerábamos especiales, distintos al resto de las personas. Nadie lo proclamaba abiertamente, pero lo exhibíamos en nuestras frases y en nuestros hábitos, en la manera cómo nos referíamos a lo que no pertenecía a nuestro universo.

Me volví cuando oí abrirse la puerta de la sala. Te observé. Sacudías el agua de tu pelo y de tu ropa. Te pasabas una mano con ligereza, y los cabellos se te venían encima. Volvías a lo mismo, y parecía que no ibas a poder salir de ese aguacero que se te había pegado al cuerpo. Estabas hermosa. No dejé de mirarte aún cuando el resto de los que estábamos ahí continuaba hablando y moviéndose, con otras preocupaciones, mencionando aulas, números, paredes, nombrando colores, objetos que ya nada significaban para nosotras. Me estabas mirando. Lo presentí.

Cuando cesó ese chaparrón, por un momento dejamos nuestros lugares y fuimos en grupo hacia afuera. Los arabescos de las copas mitigaban la luz del sol, que regresaba con mayor intensidad. La vegetación aislaba el aire que envolvía a los que permanecíamos en ese corredor, entre los rosales y las otras plantas.
No intercambiamos demasiadas palabras. Las justas, las precisas. Creo que a lo largo de estos años siempre fue así. Nunca fuimos de hablar de más. Nuestros silencios a veces eran de días, semanas; tal vez por eso ahora no percibo la diferencia. Estás a mi lado, yo cada tanto digo alguna tontera, irrumpo en risas, te comento algo, y el día continúa con su rutina, con su luz y sus sombras.
Pero esa tarde me atreví a tocar tu mano cuando sujetabas una correa gastada que caía hacia las baldosas rojizas. Te quedaste quieta, giraste apenas el rostro y vi tus ojos. Creo que fue la primera vez que te llamé por tu nombre.

En este estado sé que no soy capaz de apreciar las diferencias entre ese ayer y hoy. Un leve frío, por instantes, me recorre el cuerpo cuando me animo a dar un paso hacia adelante. Es la sensación de que algo que está entre nosotras se delata, que quiere hablarme. Y simulo que eso no debe ser dicho, que no es el momento, que ese frío en mi espalda, en mi cuerpo, en todo mi cuerpo, debe retirarse a una tierra que no es ésta, porque vos estás ahí, estás a mi lado, y tengo mucho que contarte, mucho, y no conozco el tiempo que nos queda, y no sé si algo que provenga de mí puede dar un paso a favor en la batalla que nos sujeta.


Vengo de un mundo. Voy hacia otro. Y en ambos extremos mi deseo es hallarte. Te descubrí una tarde de estío en que tu nombre aún no era nada para mí y volveré a encontrarte.





lunes, 27 de octubre de 2014

Entrada al jardín 2





Entrada al jardín




2


Me crié acá, en esta antigua casona de Villa del Parque. Crecí mirando desde esta ventana los mismos árboles que ahora observo. El pino que se eleva alto, como si nada pudiera evitar su ascenso, en la cercanía de lo que era la casa de Doña Antonia y Don Gervasio, y que hace años se ha convertido en un edificio de varias plantas, que nos mezquina la luz. Ahí están el limonero y el naranjo del fondo, cerca de lo que fue mi cuarto propio; no mi dormitorio, mi dormitorio quedaba a metros de donde estoy ahora.
Recuerdo a papá los domingos observando como estaban sus troncos –así los llamaba, así nombraba a los árboles–, purgándolos de las pestes, de los bichos y de las hormigas. Y veo a mamá cerca de las plantas. Les dedicaba horas todos los días. Ella no trabajaba. Sólo daba clases de piano a dos o tres alumnas. Era un gusto. Decía que la mantenían activa.
El tiempo transcurría en esta tierra, entre estas altas paredes, con muebles macizos, fuertes, con una vajilla que nadie recordaba quién la había adquirido, con manteles bordados, con copas de cristal, con cuadros y gobelinos distribuidos a los costados y sobre la pared de la gran sala, frente al espejo que todo lo veía.
A veces, de pequeña, creí que nosotros sólo éramos siluetas, personajes, que el espejo soñaba para su divertimento y distracción. Ahí aparecíamos y nos esfumábamos a la hora de la comida, en las reuniones, cuando algo importante debía tratarse. Sus límites eran los límites de la familia en pleno. Con los años supe que no, que afuera también estaba la vida. Aunque esa idea de ser sólo un reflejo, una superficie incompleta, de alguna manera debe haber crecido y se debe de haber desarrollado en mi interior.

La ventana es la misma. Cuando la casa fue remodelada sólo se limpió de la madera las capas de pintura que se habían ido superponiendo. Me agrada como quedó, al natural. Apenas con una mano de barniz que la defiende de la intemperie, de la lluvia, del aire y del sol.
La acaricio como si fuera un juego. Vuelvo mi mano sobre esa superficie una y otra vez. La trato como si fuera un cuerpo al que amo y he amado siempre.
Miraba hacia el jardín y sobre el marco fui grabando iniciales mayúsculas. Esculpí una M grande como sus ojos, una R que no sé si es recuerdo o soledad, y una L que puede ser mi nombre u otra cosa. Otra cifra, una clave. No sé por qué lo fui haciendo. No haría eso. Nunca he hecho algo semejante a lo que ahora hago.

Parece que esos pájaros que cantan son los mismos de aquel entonces, que no han partido nunca, que el jardín les ha otorgado una inmortalidad a la que muchos seres humanos aspiramos. El sol crea un reflejo dorado en ese mundo vegetal, y sonrío, como si fuera feliz.
Dejo a un lado el buril, una espátula y este pequeño martillo con los que he trabajado, y me friego los ojos. Siento un leve cansancio que me recorre el cuerpo, pero a la vez ese cansancio me relaja.

Distraída, me interrogo a mí misma porque necesito saber qué es lo que hace que llevemos tanta ruina dentro de nosotros. De que no perdure lo que consideramos valioso y sin embargo lo otro resista la mudanza, los cambios que esta danza de la muerte esparce igualando.

Da la impresión de que en horas comenzará a llover. El aire está caldeado, es más espeso, más denso que en otros días. Cuesta respirar. Cuando esto sucede percibimos aquello hacia lo que habitualmente somos indiferentes. Sin embargo, eso siempre está sucediendo. No se detiene, lo que se detiene es nuestra percepción.

Vienen a la memoria tardes en que llevo puesto un vestido con flores. Marga las ha pintado a mano. Son motivos eslavos, tonos pasteles y alegres. En un sitio se une la filigrana que logró su mano y en otro se separa. Cuando me pongo ese vestido me da por bailar en la sala, sin música, a bailar sola. La obediencia a un ritmo externo me afectaría. Sería una prisión, no sería la libertad. Bailo mi música, eso es lo que bailo. Danzo e imagino diálogos. Y de repente me detengo, me siento sobre la alfombra y me estiro a lo largo de ella, me recuesto hasta tocar con la cabeza la madera de un mueble, una silla, las patas de una mesa. No importa qué mueble es, no importa dónde me he dejado caer. Y siento que el mundo retorna. Y retorno a ese juego al que no le he puesto nombre y no he compartido, no por avaricia, ni por incapacidad, sino porque no me pertenece, es una magia en la que me sumerjo, en la que me dejo ir, aunque esa magia no sea mía. Yo no soy la que decide. Surge de mí, pero es ella la que esparce en mi cuerpo su dominio.
Quizá no sea suficiente lo que digo. No debería confesarse ni siquiera esto. También es parte del misterio abrir los labios frente al espejo y verse como nadie nos ha visto.

Hoy no me he puesto el vestido que en esa primavera pintaste para mí. Sólo miró hacia el jardín, aguardando que la lluvia, con su cuerpo de agua, diluya y se lleve consigo lo que está en el aire. Hoy sólo espero, hoy no bailo, hoy no es uno de esos días.



domingo, 26 de octubre de 2014

Amor en Baires Una novela de Héctor Alvarez Castillo

En este blog 
iremos subiendo 
en forma regular
la novela 
"Amor en Baires. 
Memorias de mi enamorada"
de Héctor 
Alvarez Castillo









En esta entrada va el Sumario y el inicio de la novela:




Amor en Baires


Memorias de mi enamorada



Dedicada a Reynaldo Arenas



No a todo alcanza Amor pues que no puede
romper el gajo con que Muerte toca.
Más poco Muerte logra
si en corazón de Amor su miedo muere.
Más poco Muerte logra, pues no puede
entrar su miedo en pecho donde Amor.
Que Muerte rige a Vida; Amor a Muerte.



Macedonio Fernández,

Creía yo.




Sumario

Entrada al jardín
El castillo de los bichos
La diferencia
Nosotras
Vacaciones en Reta
El destino
El enfermo imaginario
Viaje a la frontera
Mamá Linda
Las aguas que van a la mar
Roual
Lo que nos hace humanos
El camino de ida
Los límites de la razón
Despedida