jueves, 6 de noviembre de 2014

La diferencia 4








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Esa falta de acuerdo con Marga duró varios días. Nos encontrábamos en la cocina, preparando algo, o nos íbamos al comedor para ver alguna película y, de improviso, el tema regresaba para instalarse entre ambas. No entendí bien por qué esto se hacía carne en ella. Su obsesión por discutir mis ideas, no era una característica que le conociera. Sospecho que el conflicto estaba en la situación de su hermano mayor, a quien en parte admiraba pero que, extrañamente, siempre que tenía la oportunidad, enfrentaba a la vista de los otros. Debía ser la única persona hacia quien demostraba algún afán de competencia.

Omar era un hombre inteligente y emprendedor, que se había casado joven y que ahora, con dos hijos y una mujer satisfecha de su rutina, parecía encontrarle cierto gusto a la vida, que no estaba en consonancia con lo que su familia aguardaba de él para sus treinta y pico de años. A Marga, en apariencia, en esa coyuntura le había caído con agrado el papel de censora y de jueza, en el que se había instalado. Un rol que no era propio de su personalidad, pero que ella aún no había discutido lo suficiente consigo misma.
No iba a ser yo quien la hiciera entender lo errado de su visión. Sólo debía hablarle desde lo que me trasmitía el presente de su hermano, en ese hogar, con una mujer que parecía haber colmado su misión en esta vida con la crianza de dos niños, y que no expresaba ningún inconformismo, ni ambición, por menor que éste fuera. Agustina no era la pobre víctima que Marga y su madre se esmeraban en presentar. No era culpable, ni víctima, sino que compartía responsabilidades con Omar; pero en esa matemática de la pareja, ella era la que no daba señales de vida. Y es normal que aquél que si las da, no se quede de brazos cruzados.



miércoles, 5 de noviembre de 2014

La diferencia 3








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En los primeros tiempos de nuestra relación existían temas en los que abiertamente discrepábamos. Me refiero a cuestiones relativas a lo que, irónicamente, denominábamos nuestra condición o la diferencia.
Recuerdo la discusión que surgió en una reunión realizada en la casa de unas amigas. Raquel y Lucía habían alquilado un amplio departamento en Almagro y, para inaugurarlo, invitaron a gente que provenía un poco de todas partes. Lo vivían como una presentación en sociedad. Por momentos pensé que había demasiada gente, mucho ruido, poco sitio donde acomodarse. Algunos iban y venían, bebiendo de más, comiendo lo que estaba a mano y haciendo bromas que se tornaban pesadas.
Con las horas, el clima se fue haciendo más tranquilo y agradable. Pero el cruce final se desató debido a la situación de un amigo de Raquel. Él había concurrido junto a una chica que no sólo era joven, sino que también era muy linda. Promediada la fiesta cuando recién supe que ella era su amante, una relación que se había iniciado algunas semanas antes. Quizá Pablo también sintió un deseo semejante al de las dueñas de casa y cedió a la tentación de exhibirse en público, cuando la norma es el secreto y la discreción. Y no midió esto, o no le interesó hacerlo, siendo que una de las cosas que menos soporta nuestra sociedad es el desparpajo, la elocuente insolencia ante las normas que fijan nuestras conductas.

La reunión transcurrió con normalidad, pero cuando se retiró la mayoría de los invitados, quedó lo que conformaba el grupo selecto: las anfitrionas, nosotras y dos conocidas más, que no me despertaban ninguna simpatía.
Ya en confianza, el velo de éste y otros temas se corrió con naturalidad. Sin habernos percatado, como si la ocasión nos hubiera llevado de las narices, no encontramos hablando de lo que, realmente, parecía interesarnos, lejos ya de los comentarios de ocasión y de las intervenciones pasajeras.
Marga y el resto –salvo Ernestina, que nunca supo qué decir sobre cualquier tema que se tratara– coincidieron en la condena sobre el comportamiento de Pablo. Se podía tolerar que él tuviera sus cosas por ahí, pero involucrar a sus relaciones en sus correrías sexuales –porque no se les otorgaban otro valor– era un atrevimiento que no correspondía que aceptáramos.
Cada vez que yo intentaba armar algún tipo de defensa sobre sus actos –defensa que en verdad me parecía algo que no debía tener lugar. ¿De qué era culpable, me preguntaba?– las voces de ellas subían de tono y me acallaban, luego me fui hundiendo en el sillón y comencé a beber en silencio. No creía lo que presenciaba. Nosotras, que nos decíamos liberales en nuestro comportamiento, que declarábamos sin pudor nuestras decisiones y apetencias, que no permitíamos que nadie creyera que podía ir por encima de nuestra voluntad y emitir juicios sobre lo que no le correspondía, ahora elegíamos linchar en privado a un amigo que había resuelto, simplemente, hacer lo que deseaba, sin otra consideración que su libertad y su deseo, junto a la determinación de la persona que en ese momento compartía la noche con él.
Y para atacar esta conducta apelábamos a argumentos que nos ligaban a lo que siempre tildábamos de conceptos reaccionarios sobre propiedad y sobre el derecho de uno sobre el otro. Nuestros padres, probablemente, hubieran considerado la situación con una actitud y tolerancia que en ese comedor yo no percibía.
Ante un hecho aislado, nuestros juicios estaban un paso atrás de nuestros actos. La vida, la verdadera vida que estábamos llevando, aquélla que decíamos querer expresar en su plenitud, no se correspondía con el molde al que pretendíamos limitar la de los otros.




martes, 4 de noviembre de 2014

La diferencia 2








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  Hasta el día en que conocí a Marga, creí que ya no había nada especial que esperar, que ninguna fantasía de las que pudiera haber cobijado en mi juventud tendría oportunidad de realizarse. Con su presencia y su compañía, ella me devolvió las ilusiones, ésas que habían quedado dentro de un antiguo cajón, guardadas, escondidas o arrebatadas. Su mirada bastaba para que rescatara del olvido esa sustancia, el verdadero armazón y los elementos de los que estoy hecha.



  En el período anterior a su llegada –en el que abundaron relaciones pasajeras, algunas de las cuales, en sus comienzos, llegaron a parecer otra cosa– sabía que en esos affaires no hallaría atributos legítimos para construir nada que no fuera más que una suma de encuentros. Esos afectos menores, ese interés sexual limitado, se agotaban rápidamente, sin que se alcanzase la intensidad que la intimidad con Marga fue capaz de brindarme. Con ella, el deseo sexual estaba al mismo nivel que las pasiones que despertaba.


lunes, 3 de noviembre de 2014

La diferencia 1



La diferencia






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Por las noches, me gustaba recostar mi cabeza sobre su cuerpo. En los días de calor, se me hacía que su piel irradiaba un fresco que me aliviaba del sopor y del cansancio del día.
Ella se quedaba quieta, estirada y callada, a lo largo de la cama. Apenas sentía su respiración. Entonces apoyaba mi rostro sobre su estómago, rozando sus pechos con mis cabellos, y percibía su mano que, lentamente, iba acariciándolos. Su movimiento era como si los peinara, y yo me iba sumergiendo en el sueño, con una paz de niña, hasta que oía su voz que me llamaba desde lejos.

– ¡Leda! ¿Estás ahí? ¡Volvé, no te vayas, Leda, no me dejes! –Le agradaba jugar. – ¡No te vayas tan rápido!

Lo decía riendo, con picardía. Y yo regresaba consciente a ese lecho, y la sentía deslizarse sobre mi cuerpo. Me dejaba hacer, ella experimentaba las formas de su deseo, penetrando los pliegues de mi interior. Se iban abriendo y exhibían lo íntimo que hay en mí.

Estaban lejos esos días de asfixia en los que quería exclamar que todo mi cuerpo era sexo. No mis manos, mis pechos, mis piernas, no mi vagina, mis muslos, mi clítoris, mi vulva, sino todo mi cuerpo en su recorrido público y secreto. Necesitaba sentir en mi integridad la satisfacción absoluta de mi deseo. Mi mente era una piel erizada que devoraba el mundo en el que vivía y lo transformaba en apetencia. Era el potente estímulo que impulsaba mi persona. En esos días, estaba dispuesta a luchar para que los límites externos, que se habían hecho carne en mí, se extinguieran o se extirparan como se arranca una planta de raíz.
Los cambios no fueron de un día al otro, de un mes o año al otro; fue largo el proceso. No dependía de lo que hiciera con mi vida, sino  de cómo me percibía a mí misma. El modelo erótico que habían introducido en mi cabeza sin suerte, por cierto luchaba por salir al exterior, al menos como síntoma y culpa. Me decía que yo me había desviado, pero me lo decía desde su silencio y astucia. Susurraba que algo falta; ¿qué falta?, le respondía yo. Nada faltaba, el mundo, como yo lo sentía, estaba en su lugar.

Yo no llegaba a la mujer por malas experiencias con ellos, lo mío era preferencia genuina. No debía pasar por ninguna cura ni tomar el atajo de un hombre, que como un decorado disfrazara mi existencia. Ni había caído en el mal hábito, que algunas amigas transitaron, de inventarse historias para contentar a un enorme público –ajeno a los sentimientos propios– que se ubicaba hipócrita del lado opuesto al escenario sobre el que transcurre la existencia. Historias para los otros que en ocasiones ellas terminaron creyéndose. Formas de la invisibilidad que no eran más que una máscara de la degradación.

En esos días me iba muchas veces a caminar por la ciudad, sola. Me hablaba, intentaba comprenderme, incluso regañándome, si eso me parecía necesario. No me era sencillo tomar esa actitud desafiante y presentarme ante el mundo, simplemente, como un ser humano que no debe demostrar nada a nadie, que decide vivir de acuerdo a sus elecciones y hace su vida a expensas de todo. Intentaba distintos caminos, balbuceaba diferentes maneras de abrirme. Llegué a trazar paralelos, que ahora me dan entre risa y curiosidad por aquella joven que yo era en esos años.
Me decía que los personajes de un escritor suelen moverse dentro de los límites que dispone su creador. Que si bien eso no ocurre siempre, es lo habitual, y que aun cuando el autor reniegue de esto, la dependencia se impone en su obra. Una dependencia que él ha creado, consciente o inconscientemente, gracias a un oficio que cultiva, aun cuando parece estar dedicado a cuestiones ajenas a ese arte. Esa dependencia, entre creador y personajes, se me figuraba una relación semejante a la que existe entre nuestras ideas y nuestros actos. Por eso me planteaba que el mejor ejercicio que podía realizar, en vías de transformar mi existencia, era el trabajo continuo sobre mis creencias y mis juicios acerca de la realidad, de quién era y de lo qué pretendía para mi vida.
En mis reflexiones, no había teoría literaria ni nada semejante, sólo improvisaciones que me llevaban de una orilla a la otra, una barcaza presa de un itinerario provisorio, que debía ser cincelado sin pausa. Me venía el recuerdo de tardes en las que me fui adiestrando en el uso de materiales, inicialmente, ajenos a mí y que con el tiempo lograron interpretarme.

Luego de ese sermoneo, regresaba a lo que era mi hogar. Cada vez con mayor fuerza y resolución. Así me fui constituyendo en quien ahora soy, y se fueron sucediendo las escenas que sumadas, una a la otra, conforman la obra en la que aparezco como la protagonista principal. A veces una comedia, otras un drama, con ínfulas de tragedia, pero siempre tras un destino que expresa la convicción que llevo dentro.



domingo, 2 de noviembre de 2014

El castillo de los bichos 5









5



Le fui contando esas historias, mientras el frío de la madrugada nos congelaba. Y por instinto, nos abrazamos; buscábamos conservar ese calor que se esfumaba con la noche, queríamos estar juntas. Paradas en la vereda, estábamos a pocas cuadras de mi casa, expuestas a la mirada del mundo, de alguna luz que encendiera una ventana, de un auto o tren que batiera el silencio; pero yo no prestaba atención. Lo mío era la alegría, una felicidad que nos habitaba. La alegría de que ella estuviera a mi lado, por esos pasajes, a esa altura de la noche, en ése que era mi barrio, al que había regresado hace pocos meses y en el que ahora paseaba en esa nostalgia, y en su compañía, por mi infancia, mis recuerdos, mis calles, mis casas de brujo.

Quedamos juntas, apretadas contra el pilar que está al lado de la entrada. Se apoyó en la pared y nos besamos, nos comenzamos a acariciar presintiendo que íbamos a continuar juntas el resto de nuestras vidas. Creo que allí se inició, realmente, lo nuestro, que ese fue el primer beso de nuestra relación, el que de alguna manera selló un pacto al que nunca le pusimos palabras, el que sentíamos que fundía a una con la otra.


Pasé mis manos sobre su cuerpo, las deslicé entre sus piernas, abiertas, tocando su sexo a través del pantalón, acariciándolo como si palpara su piel, sus labios. La tomé de la cabeza, nos movíamos como si estuviéramos tendidas en una cama. Sus pechos estaban erizados, los sentí debajo de la blusa y los rocé con los míos. Nuestras bocas no se separaban. Entre besos cortos y besos largos, la deseaba intensamente, con un deseo que no sólo era amor, que no sólo era deseo, que también era satisfacción, llegada, destino. Era una sensación única por la que jamás había pasado.
En eso oí ruidos que venían de la planta baja, también noté que se encendían luces en el segundo piso y se movían las cortinas que cubrían una ventana. Me separé apenas, me costaba, dolía alejarla de mi cuerpo. Le murmuré que nos fuéramos. En esa noche, nosotras parecíamos los fantasmas en la entrada del castillo embrujado. Un eco de voces detrás de nosotras nos despedía. El hechizo o la maldición, que daba fama a ese palacio, continuaría su historia, pero lejos de nosotras.


Subimos al auto y fuimos hacia mi casa, que desde ese día también fue la de ella. Atravesamos la entrada, las habitaciones, hasta caer en la cama. Nos desnudamos y permanecimos amándonos hasta el alba.




sábado, 1 de noviembre de 2014

Entrada al jardín Completo en PDF





Desde el siguiente link se puede bajar el capítulo Entrada al jardín completo, en PDF. El mismo contiene texto e ilustraciones tal como aparece en los links anteriores.

Cada capítulo será subido en PDF en forma íntegra luego de la salida completa por este blog.

https://drive.google.com/file/d/0Bwd8FAP0BCouQ195T2hKMUsyQlk/view?usp=sharing



El castillo de los bichos 4










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El palacio fue clausurado. Fue la última orden que, se sabe, dio ese italiano próspero, don Benvenutto Anasagasti, en su paso por esta vida. Algunos dicen que después de eso se encerró en esas amplias salas, alimentándose por semanas y meses, con los restos del mejor banquete que supo organizar. Y, posteriormente, con lo que crecía o merodeaba en la casona. Otros relatos que llegan de esa época comentan que, absolutamente alterado, vagó por las calles de Villa de Parque durante años, loco, enajenado, viviendo en la intemperie en los meses más crudos, como en los del bochorno del verano. Y que dormía con la cabeza apoyada en el descanso de la entrada de la abandonada edificación de la calle Campana, vistiendo con su ropa hecha harapos, confundido con un pordiosero.
Algo de esto puede explicar por qué durante años se veían luces o se oían ruidos dentro del palacio. Aunque a semejanza de otras leyendas, ésta también es confusa y cambiante. Algunos agregan, como elemento del relato, al niño que se perdió cuando penetró solo en esa mansión, tras una pelota que había caído adentro. Sus compañeros de juego no lo siguieron. El palacio despertaba el temor de un cementerio por la noche, y excitaba la imaginación de aquellos que se le acercaban a sabiendas de su pasado.
A Pedro lo animaron a entrar en la casa, cubierta por malezas y árboles enormes, que se alzaban hasta la segunda y tercera planta. Pedro, con lágrimas en los ojos, se animó y trepó por la pared que da al frente, cercano a la vía del tren. Una vez arriba giró el rostro y vio a sus amigos. Saltó y se introdujo en ese paisaje silvestre. Ellos vieron su figura, adelgazándose a la distancia, avanzar por el jardín hasta que giró por detrás de la construcción. Nunca se supo más de él. Los chicos lo esperaron durante horas, hasta que cayó el sol y debieron regresar a sus casas. Pedro había pateado la pelota y fue a buscarla. Él debía ser quien hiciera el rescate. No se animaron a contárselo a la familia hasta el tercer día.

Por décadas, no importa el dueño que circunstancialmente adquiriera el palacio de los bichos, nadie fue capaz de ingresar en la cúpula que corona la edificación. Por la escalera casi derruida, con agujeros donde penetra un pie, se llegaba a la puerta de entrada. El olor a excrementos y un ruido ensordecedor, que crecía con la cercanía humana, hacían dificultoso pasar ese obstáculo y entrar en ella. Adentro, cientos de lechuzas parecían hacer presión sobre la puerta y no permitir que nadie transgrediera ese ámbito. Se llegó a rumorear que el viejo Anasagasti, ya anciano, se dejó morir ahí arriba, y que su cuerpo fue comido por estas aves, que se los disputaban con las ratas y otras alimañas, para sobrevivir en ese páramo instalado en las alturas.
Las lechuzas, muchos años después del accidente, fueron extinguiéndose en la zona. Sólo quedaron algunos murciélagos propios de los árboles de la zona del ferrocarril y de las antiguas construcciones del barrio. O tal vez eran los edificios, que traían sus propios fantasmas. Una fuente de energía los invitaba y guiaba hacia el palacio, dilecto lugar de reunión de lo extraño y numinoso.


Después de la tragedia, mucha gente lo habitó, pero aún hay quienes dicen que cuando se acerca la fecha del casamiento se ve a Margarita Anasagasti, con su vestido de novia, paseándose por el torreón, con la vista perdida hacia el oeste, y que, al sonido del primer tren que se acerca, una mueca de terror le gana el rostro. Algunos murmuran que en los aniversarios del día de la boda, los espectros de los recién casados andan por las vías, a horas de la madrugada, como buscando algo perdido, algo que no encuentran, ni jamás ha sido observado por un ser vivo.