jueves, 30 de octubre de 2014

El castillo de los bichos 2








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Recuerdo que con mis compañeros de la primaria, la mayoría de las veces, íbamos a las corridas hasta la puerta de ese palacio en forma de castillo, con cuatro pisos que culminaban en un torreón y una cúpula. Esa fachada, las paredes del interior y parte de la estructura, han sido modificadas en más de una oportunidad. Cuando el ingeniero Muñoz González –según cuenta la historia– lo terminó de construir, nadie sabe decir por qué motivo, le dio un decorado extraño, con seres fantásticos pintados sobre los muros y el paredón, que semejaban gárgolas, animales y otras fantasmagorías de una procedencia acorde a lo que, posteriormente, caracterizó a ese lugar.
La única vez que logré ver su interior, fue a causa de una anciana que abrió de golpe la puerta de madera que lo preservaba a nuestros ojos, y vi hacia adentro. Una estatua de dragón, con un ojo de vidrio coloreado, me observó desde el descanso de la escalera. Giré el rostro y caminé cada vez más rápido hacia la esquina. No entiendo por qué me asusté tanto, el portazo me hizo saltar en el aire, y todos salimos a la disparada.

A fines del siglo XIX y comienzos del XX, nuestro país era otro con respecto al que fue en tiempos de las guerras civiles y de la independencia, así como del que hace décadas se obstina en ir transformándose. Más de la mitad de sus habitantes eran extranjeros o hijos de inmigrantes, que vivían y confiaban en el trabajo y en el progreso. Era común que muchas de las fortunas surgidas aquí rivalizaran con las europeas, y que los viajes de los argentinos se esperaran con entusiasmo en el viejo continente. Hablo de un periodo que engendró tantos aciertos como errores, y que nos fue constituyendo como esta nación que somos.
En esa época, por este barrio, habitaba un italiano, del que no sé si me llegó correctamente el nombre, pero bien pudo haber sido Benvenutto Anasagasti. Era un próspero inversor que en pocos años logró importantes ganancias, debido a sus negocios con la bolsa y el campo. Habituado a su buena suerte, esa confianza lo inclinaba a lo que él denominaba pensar en grande. Esta inclinación lo llevó a albergar su mayor ambición. Cuando su única hija, Margarita Anasagasti, alcanzó la edad que él consideraba apropiada para que fuese desposada –con la habilidad que lo caracterizaba en las transacciones comerciales– entendió que debía presentarle un reducido número de pretendientes, de los cuales el que se adelantara al resto lograría el corazón de la joven.
Una vez resuelta la justa, don Anasagasti, íntimo de Evaristo Ortiz del Campo, padre del flamante doctor en leyes, no tuvo inconvenientes en arreglar lo concerniente a los esponsales que unirían de por vida a los enamorados. Estos se realizarían en el mes de octubre, el último fin de semana del mes, y la fiesta tendría lugar en la residencia que años después sería denominada el palacio de los bichos.

Dos versiones tratan y alteran el por qué de la existencia de ese castillo en relación al casamiento. Una de ellas dice que Don Benvenutto lo mandó a construir como dote de su querida y futura heredera, otra dice que era su casa y que se usó porque de algún modo quería exhibir socialmente su poderío ante los nuevos parientes y las amistades que concurrirían a la mansión. A esa fiesta, de alguna manera, le correspondía, por naturaleza, transformarse en un espectáculo social. A diferencia de la familia Ortiz del Campo, a los Anasagasti les sobraba dinero, pero les faltaba eso que se llama alcurnia. No eran parte de la sociedad a la que anhelaban integrarse.
Tampoco concuerdan estos relatos sobre si los recién casados partieron con destino de viaje de bodas o si finalizada la reunión, el viaje era, simplemente, con dirección a la que debió ser su nueva casa. Ya nadie queda a quien interrogar y sólo restan preguntas que no hallarán respuesta.





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